Después del paréntesis

Sucesos

Hay algo que la derecha y la ultraderecha españolas se han guardado a lo largo de los años

Hay algo que la derecha y la ultraderecha españolas se han guardado a lo largo de los años. El dictador murió, el llamado “pueblo” no salió a la calle alborozado en su honor y, cual era previsible y a pesar de los temores de Arias Navarro, el régimen feneció. No daba para más y era imposible una situación de España así en el ámbito en el que nos movíamos. Mas ellos persisten, se aferran a dejar una puerta sin cerrar, no terminar de reparar el desastre, o lo que es lo mismo, se resisten a rechazar los juicios y las condenas injustas, los abusos y los robos, el exilio político y a desenterrar a los miles de sucumbidos que siguen sin acomodo por los caminos. Y no se avienen a ello por una razón, solo por una cosa, porque hasta que ese escrutinio no sea efectivo no terminará la dictadura, no concluirá lo que Franco ideó. Es decir, Franco fue/es el ganador; perdieron los rojos y eso es lo que se recuerda.

En ningún país civilizado ha ocurrido una cosa de ese tamaño. Por ejemplo, EEUU tuvo una guerra civil. Al final asumieron la concordia con todas sus consecuencias los dos bandos. Y tal cosa es lo que la Unión Europea sentencia y señala a España. Es una indignidad esos muertos sin nombre por los descampados. La dicha derecha y la ultraderecha lo sentencian por eso que se llamó “transición”, es decir y dadas las circunstancia, el ajuste a su medida. Para el caso, los muertos señalados lo son en ignorancia y en anonimato, ya se indicó.

Doña Beatriz Zimmermann lo aclaró un día de la semana pasada: “El caso nunca va a estar cerrado”, tituló DIARIO DE AVISOS. Y es cierto. Sobre su vida, de modo imprevisto, se instaló la peor de las desgracias. No que sus hijas la sobrevivieran sino que el ser con el que compartió existencia y cariño, el ser que se avino con ella a reproducirse en el mundo, a tener y cuidar a dos niñas, ese ser en un acto de enajenación, en un acto de brutalidad irracional, por no aceptar el papel que ahora lo señalaba después de la separación, mató inmisericordemente a sus engendros y se mató él mismo. La pena es indescriptible. Y lo que acentúa ese horror: la imagen revela al mundo. En ese caso, los ojos deben ver a Olivia y a Anna en el estado en el que el asesino las condenó. Igual que es preciso contemplar a quien de ese modo atroz actuó.

Hasta que los muertos no se descubran no se cerrará el pavoroso crimen ni se rematará la Guerra civil.