por qué no me callo

El clímax del cambio

Para un territorio como Canarias, la pandemia del clima es determinante con la vista puesta en el futuro, como la sanitaria que padecemos representa la alarma no para mañana, sino para hoy. Es el reloj de la supervivencia, cuyas horas se rigen por una medición distinta de los minutos que apremian. Pensamos, no sin motivo, que nos va la vida en una distracción, en quitarnos la mascarilla estando con gente o en respirar en mitad de un recinto con aire enrarecido. De tal modo que la pandemia tiene un impacto pedagógico instantáneo. El clima, no.

Y estamos ante una trampa del tiempo. El informe conocido ayer del panel de expertos de la ONU (IPCC) viene a restregarnos la cara con los virus de efecto invernadero que hemos parido en nuestras propias fábricas sin que haya habido un Wuhan en concreto ni un paciente cero que contagiara al resto del mundo. El informe -el sexto desde el primer aviso a navegantes en los años 80- dicta veredicto frente a los negacionistas (que los ha habido sobre el cambio climático antes que sobre el coronavirus): la humanidad es la causante del calentamiento global. Y, en gran medida, ya no hay remedio. Los esfuerzos por emigrar a otros planetas tienen sentido bajo esta óptica, pero no son viables a medio plazo y acaso la vida sea insufrible aquí en la Tierra antes de poder organizar la primera expedición para colonizar Marte. A la vista de los estragos que hemos provocado en nuestra propia casa, ese viaje migratorio de colonos terrestres será la peor noticia en los telediarios del espacio.

Mañana mismo, o sea en 2050, aumentarán los días del año con más de 35 grados centígrados. Las temporadas de frío podrían desaparecer. El nivel del mar (un aspecto muy sensible para nosotros los isleños) crecerá medio metro a finales de siglo, incluso si obráramos el milagro de retroceder a un punto de emisiones cero. Pero si se multiplican por dos (que es lo más probable), llegaría a 1,8 metros y habría inundaciones costeras. Particularmente, España (Canarias no está exenta) será un país seco en contraste con otros más húmedos de momento, como Francia o Alemania, pero Europa no se salvará de la quema. Como demuestran la actual ola de calor extremo y los incendios forestales que devoran el sur de Europa como si fueran fuegos fatuos que abrasaran el aire. Canarias ha padecido esas llamas de última generación como las de Gran Canaria, de 10.000 hectáreas, en 2019, que provocó un cable en contacto con un pino en el mes de agosto.

Tanto la subida del nivel del mar como los deshielos de los glaciares son ya irreversibles. Pero estamos a tiempo, cierto que en la prórroga, de decidir como especie nuestra propia extinción o el milagro de nuestra eventual supervivencia. Las recetas son tan drásticas y urgentes que pocos apuestan (tras hacer oídos sordos al Acuerdo de París, que alertó en vano en 2015) que el ser humano entre en razón. La lección del caos y desacuerdo sobre las restricciones por la pandemia no invitan al optimismo. Pero el comandante Cousteau impulsó en 1994, en La Laguna, aquella Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Generaciones Futuras. Los canarios tenemos ese legado por bandera. Y ahora debemos blandirla como un deber histórico. Aunque la escena resulte un tanto marcial.

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