tribuna

El conflicto en el Sáhara y sus repercusiones económicas para España

*Por Francisco de la Torre Díaz, economista e inspector de Hacienda

La historia no siempre se repite. Aunque en estos momentos la retirada de Kabul recuerde a la caída de Saigón en 1975, no siempre las mismas estrategias llevan a los mismos resultados. La marcha verde sobre el Sáhara, entonces administrado por España, llevó precisamente en 1975 a la anexión de facto por parte de Marruecos. Cuando el planteamiento se repitió con la Ciudad Autónoma de Ceuta hace unos meses, el resultado de enviar a todo tipo de inmigrantes, muchos de ellos menores, y la mayoría marroquíes, no fue el esperado por Marruecos, afortunadamente.

Hace unos días, Argelia rompía relaciones diplomáticas con Marruecos: este era el último eslabón de una cadena de acontecimientos, que de una forma u otra tenían el mismo origen: el Sáhara Occidental. Lo peor de todo esto es que a España esta situación sólo le trae perjuicios de un tipo u otro.

Hay varias decisiones del expresidente Donald Trump, tras perder las elecciones y no admitirlo, que han generado infinitos problemas, además de la archiconocida de alentar el asalto al Capitolio. Una de ellas es la decisión de retirar las tropas de Afganistán, y otra que tuvo menos repercusión, o eso parecía, fue reconocer, al margen de las Naciones Unidas y del Derecho Internacional, la soberanía marroquí sobre el Sahara Occidental.

Este último gesto de Donald Trump, para sorpresa del Gobierno marroquí, no fue seguido por otros países, en particular por la Unión Europea. Y este hecho tiene más importancia de la que parece. Porque el principal socio comercial de Marruecos es la Unión Europea, de la que además recibe importantes ayudas.

Sorprendentemente, tanto en esta cuestión como en la retirada de Afganistán, Biden ha seguido una política bastante continuista, cuyos resultados en Afganistán son bastante mejorables desde un punto de vista estratégico, moral, y aún más desde la óptica de la defensa de los derechos humanos.

No solo es relevante ejercer el control sobre un territorio, sino también que los demás Estados lo reconozcan. Y esto no solo es una cuestión de principios, sino también una cuestión comercial. Para que Marruecos pueda exportar productos agrícolas, ganaderos y pesqueros a la Unión Europea, es en la práctica imprescindible tener un acuerdo comercial y aduanero.

En otro caso, los elevados aranceles europeos hacen simplemente imposible estas exportaciones. Efectivamente, Marruecos tiene acuerdos agrícolas y pesqueros en vigor con la Unión Europea. Sin embargo, el Frente Polisario los ha ido recurriendo ante el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, con el argumento de que son inválidos al incluir el Sáhara Occidental.

En un primer momento, el Tribunal General de Justicia de la Unión Europea, así lo reconoció respecto del acuerdo agrícola. Sin embargo, tras el recurso de casación de la Comisión Europea, la Gran Sala (es decir todos los jueces) del Tribunal de Justicia admitió el acuerdo, considerando que no incluía al Sáhara Occidental, ya que era un territorio pendiente de descolonizar y no parte del Reino de Marruecos.

El problema es que el acuerdo pesquero, que ahora está pendiente de sentencia, se refiere fundamentalmente al denominado banco pesquero del Sáhara, que está situada en la denominada zona económica exclusiva de este territorio. La mayor parte de los barcos que faenan en esas aguas son españoles. Esta partida de ajedrez también se juega en Luxemburgo, sede del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, y, sea cual sea la sentencia del acuerdo pesquero, será polémica y nos afectará directa e indirectamente.

Por otra parte, el principal patrocinador del Frente Polisario es Argelia. Recordemos que el líder del Polisario, Brahim Gali, salió de España, tras su tratamiento en el hospital de Logroño en una aeronave fletada por Argelia, para ser recibido allí como un héroe.

Además, Argelia es el principal proveedor de Gas Natural de España, a través de dos gasoductos: el Medgaz, que va de Beni Saf hasta la costa de Almería a través del Mediterráneo, y el Magreb-Europa (EMPL), que pasa por Marruecos y, desde Tánger, cruza el Estrecho y llega a Córdoba.

En estos momentos, son los extraordinariamente elevados precios del gas los que han originado que se dispare, además, la factura de la luz. Según el Banco de España, el 50% del incremento de la factura, que como todos sabemos están en máximos históricos, se debe directamente a los precios del gas. Otro 20% se debe al precio de los derechos de emisión de CO2, que a su vez elevan los precios del gas, ya que no resulta rentable quemar carbón, que tiene que pagar más derechos, por su utilización, por ejemplo, para producir electricidad.

Si a esta complicada situación de los mercados energéticos le añadimos inseguridad en el suministro de gas, obviamente, los problemas económicos se agravarían. De hecho, simplemente, el anuncio de la puesta en funcionamiento del gasoducto NordStream II entre Rusia y Alemania, redujo los precios tanto del gas como del derecho a emitir CO2 en toda Europa.

Un inciso, una de las grandes ventajas para Europa y especialmente para España, de la transición ecológica es reducir la dependencia del petróleo desde un punto de vista geoestratégico: sin las rentas derivadas de vender el petróleo a los países occidentales, algunos regímenes, cuyo respeto a los derechos humanos es cercano a cero, no podrían existir.

Y esas rentas del petróleo no solo sirven para fichar cracks futbolísticos a precio de oro. A veces, como en el caso del ISIS (Estado Islámico), ese dinero ha servido para financiar el terrorismo. Sin embargo, mientras la transición ecológica no esté más avanzada, de momento, nuestra dependencia del Gas Natural, y por tanto de los países que lo producen, e incluso por dónde pasan los oleoductos, ha aumentado.

No hay que ser un gran experto para ver que, aunque España fuese el país más perjudicado, los problemas migratorios o energéticos derivados de cualquier conflicto en la zona, acabarían perjudicando a toda Europa. Precisamente por esa razón, la solidaridad con la postura española en la crisis migratoria de Ceuta fue absoluta.

El riesgo para Marruecos de enfrentarse a toda la Unión Europea era excesivo por razones de dependencia financiera, ya que este país es un importante beneficiario de las ayudas europeas, y comercial. La situación de España, a todos los efectos, no es la de 1975.

España y, en general, Europa tiene poco que ganar y bastante que perder si se sigue deteriorando la situación en Marruecos y Argelia. Pero empieza a estar claro que los europeos deben incrementar su autonomía estratégica de Estados Unidos, al menos en relación con los países vecinos, aunque solo sea que tenemos un mayor conocimiento de la zona y sus equilibrios del que han demostrado, al menos en los últimos meses, las administraciones de Trump y Biden.

1975 es también el año de la caída de Saigón que dejó imágenes que recuerdan mucho la retirada de Kabul. España y Europa no son las de 1975, pero Estados Unidos tampoco lo es, y China aún menos. Si en Vietnam, Estados Unidos cometió infinitos errores, parece que en Afganistán tampoco hubo muchos aciertos. Sin embargo, la caída de Vietnam del Sur no trajo ni el triunfo del comunismo ni la decadencia de Occidente. Por eso creo que el desastre en Afganistán traerá problemas, pero no es el fin de Occidente, pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

* Economista e inspector de Hacienda

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