por qué no me callo

En busca del tiempo perdido

En ocasiones, 2021 me está pareciendo un año postizo, que no ha encontrado aún su lugar, como esos papas de transición que tienen un pontificado anodino. Este año, además de que se nos va volando, no está dejando su legado, ni siquiera podríamos prometernos que será el año definitivo de la vacunación. Acaso termine siendo una adenda de 2020, un año secuela, un tiempo sin personalidad propia y, por tanto, un año fantasma. Los Juegos Olímpicos que se celebran estos días llegan con retraso y, en realidad, son los de Tokio 2020. Así que existe la tentación de reconfigurar el calendario y hacer retornar los años que nos han robado. Si la pandemia se prolonga un año más, diremos un buen día que como nos han quitado dos años de vida, 2020 y 2021, retomaremos el pulso del tiempo restituyéndolos por decreto. Y en 2022 estaremos en 2021, y en 2023 fingiremos estar en 2022. Y, a ese paso, se hará inevitable trastocar la cronología completa y empezar a contar a partir de un nuevo sistema numeral, como el calendario gregoriano reemplazó en el siglo XVI al calendario juliano que Julio César impuso unos cuantos años antes de Cristo. No es la primera vez que la historia se plantea o se replantea tales disquisiciones. Ni será la última.

¿Existe el derecho a recuperar el tiempo perdido, al modo de Proust? Es un asunto que quizá tendremos que discernir si esta conjetura llegara a tener fundamento. En Francia se están lanzando a la calle a decenas de miles para gritar libertad, como Ayuso en Madrid, contra Macron y el certificado COVID, tan de moda en Canarias. Allí no perdonan que el Gobierno anteponga la salud colectiva a los derechos individuales. Sostienen cuatro de cada diez franceses que la opción de llevar mascarilla, vacunarse y portar el pasaporte sanitario es de cada galo por separado, y que el Estado se las ingenie para asegurar que la economía no haga crack.
Una parte de los ciudadanos de 2021 (aún zombis de 2020) piensan ahora así. Han desempolvado instintos que tenían dormidos. Consideran que les han arrebatado sus sentimientos primarios, ósculos y abrazos ahora reprimidos, junto a la limitación de comensales, la obligación de vacunarse y de portar una contraseña garante de no haber contraído el virus y creen que todo eso excede las competencias de un Estado. Los jueces en Canarias y otros TSJ de España son de esa misma opinión.

En tanto se desarrolla este inusitado debate sanitario-político-cívico-judicial de los derechos humanos, la variante india progresa por todo el planeta amenazando con provocar una nueva pandemia en toda regla. Los chinos ya le han visto las orejas al lobo. Y este es el cuento de Sherezade de nunca acabar. Una cepa toma el testigo de otra y así podrían perpetuarse en el tiempo burlando las vacunas (salvo el caso inaudito de Reino Unido, que suspendió las restricciones y el virus comenzó a remitir por arte de magia). No contribuye tampoco a levantar el ánimo el patinazo de la primera vacuna española, que se ha cargado a un mono fulminándole los pulmones.

A la espera del viejo sentido común, al que echamos tanto de menos, supongo que algún día legislaremos sobre todo esto y los derechos y obligaciones quedarán plasmados sobre el papel. O viene caminando una revolución ultra de oportunistas aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid. La rebambaramba actual no augura nada bueno. Estamos asistiendo a incipientes revueltas ciudadanas, que podrían no ser tan incipientes en un futuro próximo, a causa del aparente tótum revolútum de órdenes y contraórdenes en medio del desgobierno de la sinrazón. Si jueces y dirigentes abordan esta crisis con recetas antagónicas, el caos y la anarquía es lo siguiente. El virus no habría venido solo a matar sino a enfrentarnos a unos con otros, y a ponerlo todo patas arriba, como decía Galeano. Hasta al mismísimo almanaque, pues en 2021 estamos, en realidad, en los Juegos de Tokio de 2020. Y así todo por el estilo.

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