tribuna

José Méndez Santamaría, in memoriam

Por Antonio Salgado Pérez

Tras el reciente óbito del compañero y amigo, José Méndez Santamaría; y como simple homenaje y recuerdo al que nos ha dejado para siempre, reproducimos el artículo A Los Rodeos Voy (24/12/2009), cuyo autor ha dejado una estela de emprendeduría militar y humanitaria, espíritu innovador, todo ello adornado con un indesmayable entusiasmo.

Leyendo a Pepe Méndez recordamos aquellas palabras de Albert Camus: “Quien escribe de un modo claro, tiene lectores. Quien escribe de un modo oscuro, comentadores”. Y en su nuevo, revisado y ampliado tomo A Los Rodeos voy… 5º zona de la I.P.S., el compañero y amigo vuelca sus nostalgias y remembranzas en aquellas inolvidables Milicias Universitarias, del pesado mosquetón, de la escalofriante y bruñida bayoneta, de la azabache trincha, preludio y trilogía para una dura experiencia: la instrucción.

Méndez Santamaría, otrora “Grana y oro”, “Rehiletero”, “Joselito” y “Caireles”, en el mundo de la tauromaquia, que tanto le sigue apasionando y, en el ínterin, acérrimo seguidor de Jean Henri Dunant, ha querido, y lo ha conseguido, y con creces, dejar constancia de lo que fue la Instrucción Preliminar Superior, léase I.P.S., en la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Para realizar tan exhaustivo trabajo, del que deja constancia en 353 páginas, el autor ha tenido que recurrir a los archivos, ardua labor por todos conocida; a las hemerotecas militares, en especial al Archivo Regional Militar y afines. 

En aquella lejana y entrañable Milicia Universitaria a los profesores mercantiles -y Pepe lo es- nos llama cariñosamente “fenicios”; a los estudiantes de Derecho, “romanos”; a los de Medicina, “galenos”, y así… Fenicios, romanos y galenos, cordones verdes, rojos y gualdas, respectivamente, que entusiasmaban a las jovencitas de la época.  Paseos en la atiborrada plaza de la Candelaria, en la de España. Simbiosis hermanadas en aquel tórrido y gélido campamento de Los Rodeos, cuyas vivencias, insistimos, ha recogido, muy fielmente, con todo lujo de detalles, Pepe Méndez, en el tomo A Los Rodeos voy… 5º zona de la I.P.S., o sea, Milicia Universitaria de Canarias (Santa Cruz de Tenerife) 1942-1972, como reza en la portada, donde, por cierto, hay más estrellas que en el mismísimo firmamento.

¿Qué era Milicia Universitaria? Méndez nos lo recuerda transcribiendo en su obra la Ley de 2 de julio de 1940 (Jefatura del Estado. BOE de 8 de julio, numero 90), que dice textualmente lo siguiente: “La Milicia Universitaria estará compuesta por los jóvenes de edad superior a los dieciocho años afiliados al Movimiento y que cursen sus estudios en Universidades, Escuelas Técnicas y Centros de Enseñanza Superior. Recibirán preparación premilitar para el ejercicio de oficial y terminados sus estudios y alcanzando el grado de aptitud preliminar indispensable, ingresarán en el Ejército como sargentos, y a los cuatro meses de servicio podrán obtener el empleo de alféreces de complemento, con el que practicarán el servicio durante el tiempo reglamentario”.

La existencia de los milicios en Canarias discurre de forma amena por las páginas del libro, orígenes, historia, anécdotas, nombres singulares, personas que dejaron huella indeleble, partes materiales, canciones, artículos de prensa, etc.”, como bien apunta en el prólogo de esta segunda edición José Luis Vega Alba, teniente general jefe del Mando de Canarias.

Nombres singulares, en efecto, como para nosotros fueron los del inevitable e ínclito Pérez Pérez-Abreu, sin olvidar, por supuesto, los de Francisco Sanz Municio, Antonio Cabrera León, Antonio Gallego Sáez, Alfredo Muñiz Vega, Juan Arencibia de Torres, Pacheco Abasolo, Francisco José Santos Miñón, José Jiménez García, Eduardo Pintado Machado, etc., militares que nos imbuyeron, en diferentes parcelas, la tripleta de la disciplina, rigor y respeto castrense, veneración que sigue luciendo José Méndez y por la que, en el año 2004, se le concedió por el Ministerio de Defensa la Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco, galardón que le fue impuesto en Hoya Fría, en la plaza de la Milicia Universitaria, donde, por cierto, está ubicado el monumento al ubetense Francisco Rojas Navarrete, que fue el primer alférez muerto heroicamente en acción de guerra, en Sidi Ifni (1957), y condecorado con la Medalla Militar Individual.

Enhorabuena, amigo Pepe, por ofrecernos, de nuevo, estas páginas que nos han colocado en el túnel del tiempo de aquella década de los años 60 del pasado siglo, donde, para ingresar en la emblemática I.P.S., teníamos, de entrada, que subir varios metros por una gruesa soga -¡qué tortura para los pícnicos!-; luego, saltar cierta altura sobre un delicado hilo de lana que unía dos largos tabiques –“para detectar posibles piernas ortopédicas”- y, por último, someternos a la cinta métrica para “evitar injerencias de personal liliputiense”. 

¿Quién se quejaba en aquel amplísimo y luminoso comedor? Pues muy pocos. En tu tomo, querido Pepe, señalas que “las calorías por individuo oscilaban entre las 4.365 y 5.920, sobrepasando siempre el mínimo proteico”. Este era un menú de un día cualquiera: desayuno: Nescafé con leche, mantequilla y gofio. Primera comida, primer plato, estofado de judías; segundo, carne mechada con papas fritas; postre, plátanos y sangría. Segunda comida, primer plato, sopa Minestrone; segundo, merluza rebozada con ensalada; postre, plátanos. 

Con tanto plátano y potasio no era de extrañar que en aquellas airosas marchas entre ajados altramuces y fragantes eucaliptus cantásemos con tanta alegría como energía aquellas estrofas de: “Margarita se llama mi amor / Margarita Rodríguez Garcés / Una chica, chica, bum / del calibre 183 / Margarita el pañuelo sacó / cuando el tren hizo ¡pí… tracatrá! / y una lagrima rodó, rodó, rodó / por su rostro angelical…”.

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