opinión

Los trenes

Una china de 14 años ha clavado todos los saltos desde el trampolín de 10 metros

Una china de 14 años ha clavado todos los saltos desde el trampolín de 10 metros. Es como un autómata que al salir de la piscina se seca dándose golpes rituales con la toalla. Me recuerda a un método antiguo de gimnasia sueca en el que secarse también era un ejercicio más, donde nada se desperdiciaba como ocurre en las sociedades en progreso que no están dispuestas a perder su tiempo, y todo lo aprovechan para convertirlo en la energía necesaria para avanzar. Todas las niñas del equipo chino siguen la misma pauta y así harán verdad la sospecha de que vienen a acaparar las medallas. Me he puesto a pensar sobre la revolución y he llegado a la conclusión de que se trata de un tren con una máquina que tira por un gran convoy. En realidad 4 niñas chinas en una población de casi 1.400 millones es poca cosa, y siguiendo esa estadística no es extraño que de ahí surja Lang Lang y tantos otros grandes pianistas. Lo raro es que Pedri salga de Tegueste, que casi ni está en el mapa. Ahora se ha convertido en la estrella de las olimpiadas y hará olvidar a los culés la marcha de Messi. Pero volvamos a las revoluciones y a los trenes. Boris Pasternak simboliza la expansión con un tren adornado con banderitas rojas que atraviesa la Rusia profunda polinizando al territorio con las ideas comunistas, en “El doctor Zhivago”. También Teodoro Palacios Cueto, en “Embajadores en el infierno”, viaja en un tren, donde se alimentan con sus propios excrementos después de ser lavados, que conduce a los prisioneros de la División Azul a su cautiverio en los años cuarenta. Un tren traslada a William Holden en “Picnic” de Joshua Logan, como si fuera el viaje de la juventud marginal norteamericana hacia la contracultura. Es muy simbólico este viaje itinerante donde la seducción de la libertad hace su aparición en cada pueblo para ofrecer la cara de la posibilidad de la otra América. Los hermanos Marx destruyen su tren al grito de “¡más madera!”, en una especie de autofagotización del vehículo que les lleva a su destino, como un símil del consumo de la existencia. Podía haber sido algo original si no fuera porque el gran Julio Verne ya utilizara esa idea en “La vuelta al mundo en 80 días”, cuando William Fogg quema su barco para llegar a Inglaterra y poder ganar la apuesta. La historia está llena de trenes que transportan la desgracia o la esperanza, según se mire. Los chinos han llegado subidos en la gran locomotora a copar las medallas desde la plataforma donde las niñas saltan al agua. En su expresión no parecen estar muy contentas, aunque sus entrenadores aplaudan con la reserva que les permite el comedimiento. Conozco una china en Los Cristianos que es muy simpática. Siempre está en la terraza de su apartamento, convertida en un huerto. De vez en cuando viene su marido y le echa una bronca o le da una paliza, pero ella sonríe y nos regala semillas y nos recomienda plantas que sirven como remedio para todas las cosas malas. No es de la revolución, por eso la maltratan. Hay una memoria en España empeñada en asegurar que nunca hubo intento revolucionario en la época del Frente Popular. Sin embargo, tengo una carta de mi abuelo donde describe un tren, en el que viaja de Cartagena a Madrid, que está lleno de consignas revolucionarias. Me recuerda al convoy que manda Kostoyed Amursky (Klaus Kinski) en la película de David Lean. Está en mi libro “En medio del tumulto”. El motivo de su viaje es que unos marinos celebran el día de San Juan a bordo de su barco y se sospecha que sean adictos al infante don Juan. Parece un disparate, pero así eran las cosas en ese tiempo. Todo, según parece, dentro de la más estricta normalidad. Mi libro no le gusta a todo el mundo porque cuenta la verdad. ¡Qué le vamos a hacer! Lo cierto es que hay trenes para todos los gustos. Mi amigo Gunter Makowsky, tenía en su casa una colección de maquetas de trenes del Tercer Reich. A mi me recordaban a los que iban cargados de judíos con destino a los campos de concentración, aunque también podían ser los que fletaba Schindler para rescatarlos de una muerte segura. No sé. Quizá por eso no me gustan los trenes, a pesar de que el padre de mi abuelo materno era jefe de estación en Alcázar de san Juan.

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