tribuna

Sánchez, Kohl y Gorbachov

César Manrique se murió sin ver realizado su último sueño: el Monumento a la Paz. Hace 30 años que llegaron los misiles a Lanzarote, tal como lo había imaginado el artista visionario de la isla de los volcanes. En La Mareta, donde pasa estos días de vacaciones el presidente Sánchez con su familia, se alojaron los estadistas que daban aliento a la idea de esa escultura de los cohetes abrazados sin las cabezas nucleares. Los misiles arribaron a la isla pocos meses después de la muerte de Manrique, y en su ausencia el sueño se desvaneció. Allí permanecen arrumbados entre desperdicios, tras recorrer media Europa en una auténtica odisea, en pleno desarme de las potencias. Kohl, Gorbachov…, artífices de la caída del muro de Berlín y del final de la Guerra Fría, durmieron en La Mareta esos días.

Fuera por la aureola cosmopolita que le confirió a la isla César Manrique o por el revuelo que le supuso alojar a un escritor de indudable resonancia como José Saramago, lo cierto es que Lanzarote es como una versión extranjera de Canarias en el concierto de estas islas. Y por eso, cuando Vaclav Havel recaló en ella siendo presidente checo y habiendo dejado ya una estela de dramaturgo de primera línea, el archipiélago tenía a Lanzarote por la isla de los políticos europeos. Y cuando Helmut Kohl y Felipe González se citaron a una cumbre hispano-germana, hace 30 años, no podía ser sino en la isla conejera y el canciller alemán pernoctó en La Mareta, que es el palacio de los huéspedes que cambiaron el mundo.

Del mismo modo pudieron haber venido a este caravasar de Costa Teguise cualesquiera de los otros actores principales de aquel último tercio de siglo, en cuyos puentes de mando había mejores cabezas que hoy. Los Miterrand, Thatcher y Bush, con González, Kohl y Gorbachov podían tener diferencias, pero remaban juntos, dejando las sombras de las guerras atrás. Reagan, en compañía de Kohl, le había dicho en 1987 al presidente soviético en la Puerta de Brandeburgo: “Señor Gorbachov, abra esta puerta, derribe este muro”. Todas aquellas ideas que parecían románticas flotando en un mundo abierto en canal se hicieron realidad, y fueron cayendo los fetiches, los tabúes y la imagen en las vallas del beso en la boca de Brézhnev y Honecker.

La Mareta es una casa-regalo de Hussein (que mandó construirla en Teguise hace casi 50 años) a Juan Carlos, hoy propiedad del Patrimonio Nacional. Si esas paredes hablaran contarían secretos de Estado. En las dependencias que Sánchez habita estos días de agosto, alejado del ruido de Madrid, pasó las primeras vacaciones de su vida fuera de Rusia Mijaíl Gorbachov con Raísa, que fue la última primera dama soviética y parecía una celebrity europea con sus pamelas y su estilo occidental. Noches aquellas que yo espiaba desde un hotel cercano en las que Gorbachov cantaba y tocaba la guitarra hasta bien entrada la madrugada cuando ya había agotado las fuerzas haciendo largas caminatas con Raísa y escribiendo sus memorias. Sí. Las paredes de La Mareta guardan las confidencias de dirigentes que movían los hilos del mundo. Kohl y Gorbachov se habían conjurado para hacer caer el muro de Berlín en 1989. El canciller reunificó las dos Alemanias. Y el ruso expandió su perestroika y su glásnost como dos fogonazos en la historia dormida de aquellas décadas y dio la URSS por amortizada. “Al que llega tarde lo castiga la vida”, solía decir a propósito de las grandes transformaciones que él precipitó. La determinación por el cambio del joven Gorbachov era descomunal en una cultura gerontocrática soviética anquilosada. La mejor respuesta en la larga entrevista que nos concedió a finales de agosto de 1992 en La Mareta fueron tres escuetas palabras que cerraban en círculo la vida del estadista de la mancha de vino en la frente:

-¿Es consciente de haber sido el hombre que cambió el rumbo de la historia?

-“Sí, lo sé”.

La Mareta concilia su arquitectura con la tradicional vestimenta de las casas lanzaroteñas de paredes blancas, que suelen tener ventanas y puertas pintadas de verde o azul, por ser los colores que usaban los pescadores para remozar sus barcos cuando regresaban de sus faenas en África. Tiene la impronta de Manrique, que la diseñó hasta integrarla en el canon constructivo de la isla.

A los alemanes les atrae Lanzarote como un refugio de paisajes al rojo vivo. Sin embargo, Angela Merkel prefiere los senderos del Garajonay a las lavas seculares de Timanfaya; Gerhard Schröder también se hospedó en La Mareta, como Helmut Schmidt optaba por Gran Canaria, en los años 80, para visitar en la finca de Monte León a su amigo Justus Frantz y tocar el piano. Los viajeros estelares dejaban su huella en la isla, recargaban las pilas en sus volcanes y se iban con el alisio. Carlos Fuentes, en cambio, nos confesó tras visitar a su amigo Saramago en Tías que él habría sido incapaz de escribir entre aquellas montañas de fuego. Saramago ganó el Nobel tras parir en Lanzarote Ensayo sobre la ceguera, como García Márquez recibió el suyo tras Cien años de soledad, sobre Macondo, que podría haber sido perfectamente otra isla insólita.

En Lanzarote iba a instalarse un monumento a la paz con dos misiles desactivados que recorrieron Europa como dos sonámbulos de la Guerra Fría, sin que nunca se llevara a cabo el proyecto de Miguel Zerolo, César Manrique y Alberto Vázquez Figueroa. El Scud soviético y el Lance americano duermen olvidados desde hace décadas en una nave del Complejo Agroindustrial de Teguise, con las deudas pendientes de erigirse en un lugar de la isla, donde Bush y Gorbachov iban a brindar por la distensión. A Sánchez le hablarán estos días todas esas voces juntas. Lanzarote, Manrique, Saramago y los fantasmas de La Mareta. Mirará afuera y verá los cráteres y creerá que se ha ido a Marte, lejos de la pandemia.

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