el charco hondo

Absurdistas

No daré nombres, porque, bien por políticos, bien por periodistas, son sobradamente conocidos. Sí diré que sumábamos seis, sentados en la mesa de una cafetería, al aire libre, en una terraza del centro de qué más da qué ciudad. Nos hicieron fotos, bastantes (a los políticos, y al resto porque suele pasar). Cuando los gráficos llevaban un buen rato a lo suyo, grabando o fotografiando, alguien me indicó que solo yo estaba sin mascarilla. El resto sí la llevaba puesta, yo no, no me la había puesto, ni me la puse a pesar de que se me hicieron algunas indicaciones -bienintencionadas, de amigos-. Más tarde, cuando aquello finalizó, alguien se me acercó. ¿Por qué no te pusiste la mascarilla?, preguntó. ¿Te has parado a pensar, respondí, que habría bastado con pedir un sándwich y dejarlo sobre la mesa para que los otros cinco pudieran quitarse la mascarilla? Pues, no te falta razón -me dijo-. El absurdo donde nos tienen las restricciones, ya oxidadas, viejunas, descontextualizadas, propicia situaciones como la descrita. Bastaba poner sobre la mesa un sándwich para que los cinco que me acompañaban consideraran que podían quitarse la mascarilla, la que yo no me puse porque, allá cada cual, en algún momento hay que sacudirse el desfase donde nos tienen normas ya impensables en la mayoría de los países europeos. Según Albert Camus, perdemos energías buscando el significado de según que cosas, porque no lo tienen -así pensaban corrientes como el existencialismo o el nihilismo, que tienen en cenizos, inquisidores y aguafiestas, grupos que la pandemia entronizó, a sus alumnos aventajados-. La filosofía del absurdo ha renacido con las restricciones del absurdo, con normas a las que no merece buscarles un significando porque lo han perdido. Hay que dar el paso hacia la normalización definitiva. Es absurdo -otra vez, sí, lo sé- que los europeos hayan recuperado el ocio diurno o nocturno, los conciertos multitudinarios, las fiestas, en particular, y la vida, en general, mientras aquí seguimos atados a una silla, vigilados por inquisidores sin titulación, contándonos por si acaso, con aforos de meses atrás. El Gobierno de Canarias debe espabilar, sacudirse el pánico al que dirán, desregular, constituir mesas de trabajo con los ayuntamientos -con las capitales, preferentemente- y decretar la libertad que ya han recuperado los europeos. Hay que hacerlo, pero ya. Debemos ofrecer a los turistas tanta libertad como la que tienen en sus países. Pongamos punto final al absurdo, pasemos página, acabemos con este desfase, ahorrémonos la estupidez de tener que poner un sándwich sobre la mesa para poder quitarnos la mascarilla.

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