El charco hondo

La factura del volcán

Viviendas y fincas engullidas. Muros de fuego cortando las carreteras. Canalizaciones y otras infraestructuras públicas borradas, arrasadas por la lava. Propiedades evaporadas porque, a diferencia de los incendios, las erupciones no dejan tierras o solares a su paso, tragan sin masticar lo que se les cruza, punto final, fin. Desalojos. Vecinos, recuerdos, familias, vidas y […]

Viviendas y fincas engullidas. Muros de fuego cortando las carreteras. Canalizaciones y otras infraestructuras públicas borradas, arrasadas por la lava. Propiedades evaporadas porque, a diferencia de los incendios, las erupciones no dejan tierras o solares a su paso, tragan sin masticar lo que se les cruza, punto final, fin. Desalojos. Vecinos, recuerdos, familias, vidas y conocidos reubicados durante semanas, o meses. Incertidumbre. Dudas. Preguntas sin respuestas. Incógnitas y temores sobre el recorrido que, a veces caprichoso e inesperado, finalmente decidirá la lava. Soberbia e inmutable, va dibujando el camino que la llevará al mar, puede que abriéndose en uno o varios canales que la altura de la lengua anuncia cada vez más anchos, hambrientos, creciendo hacia los lados, moviéndose como solemos hacerlo por aquí, siguiendo un patrón en el que nos reconocemos, sin prisa pero sin pausa; tomándose su tiempo, sí, pero sin dejar de avanzar. Y los gases. Cuando llegue al mar, los gases. Ojo. Cuidado. Son, éstas y otras piezas del rompecabezas, las cruces que cargaremos, la factura que nos va a pasar el espectáculo al que estamos asistiendo. Extraordinario, sin duda. Histórico, también. Y fugaz para los coleccionistas de acontecimientos. El planeta dejará de prestarnos atención cuando otro impacto nos sustituya, y será a partir de ese momento -con el país a otra cosa- cuando los canarios nos quedemos a solas con el volcán y sus facturas, con el esfuerzo titánico que nos va a exigir un hecho tan hipnótico como exigente. En el siglo del entretenimiento reconvertimos con excesiva e infantil facilidad la realidad en videojuego, la catástrofe en ficción, el volcán en espectáculo, y no, también, sí, pero no, porque la naturaleza nos ha abierto una crisis mayúscula que debemos gestionar con madurez, sin derrotismos pero siendo conscientes de que durante semanas o meses la dificultad será el menú del día. Los volcanes asoman de vez en cuando para recordarnos que somos sus inquilinos, poniéndonos en nuestro minúsculo sitio y dimensión. Cuando la actualidad deje de mirar hacia nosotros los canarios seguiremos bajo el volcán, pero no podremos gestionarlo a solas. Vamos a necesitar que el país eche un cabo. Qué bonito, sí, y qué caro nos va a salir. Aprenderemos, sí, pero a qué precio. Habrá que tomar decisiones complicadas. El cansancio llegará. El ruido cansará. Los efectos especiales quedarán atrás. El trabajo por delante. El espectáculo es tan descomunal como el esfuerzo que tendremos que hacer cuando nos quedemos a solas con el volcán y sus gases. El acontecimiento es tan extraordinario como su factura. Aunque lo parezca, no hemos ido al cine; la lava es real, tanto como su hipoteca.