Después del paréntesis

Theodorakis

Ocurrió en el año 1964. Las telas de los cines vieron a un joven visitar un mundo opuesto al suyo. Basil, un inglés bien asentado, instruido y escritor, se desplaza hacia lo desconocido que resulta abierto y armonioso. Es eso que los mismos que lo definen a él nombran como lo “bárbaro”. Pero, sorpresa: la […]

Ocurrió en el año 1964. Las telas de los cines vieron a un joven visitar un mundo opuesto al suyo. Basil, un inglés bien asentado, instruido y escritor, se desplaza hacia lo desconocido que resulta abierto y armonioso. Es eso que los mismos que lo definen a él nombran como lo “bárbaro”. Pero, sorpresa: la vida se junta allí con le expresión certera y precisa de sí misma. Y en ese lugar encontró el extranjero a quien lo salvó, a quien ajustó su inestabilidad, al ser que adujo valor a su quebranto. Aún hoy se disfruta: Zorba el griego. Mostró el tesón y la tensión de una de las interpretaciones más soberbias del mexicano-estadounidense Anthony Quinn; y se encontró en ese punto a la sorprendente Irene Papas. Lo que transmitió esa cinta es lo que el mundo moderno trivializa, por irrelevante y poco productivo: la pasión, el encomio vital, la alegría, el goce, la correspondencia del ser con el ser, el poner los sucesos al lado de la importancia que tienen, la emoción, la ternura, la capacidad de amar, la solidaridad, la comprensión y el disfrute. La vida es corta, se dijo para asombro del forastero que busca su herencia allí, y porque la vida es corta se vive. Y ahí una de las premisas más apabullantes de la historia del cine, la música que oímos en la pantalla y la música que disfrutamos cuando el vinilo correspondiente salió a la luz, un autor que atinó a proclamar los movimientos, el baile, la vitalidad, el júbilo e incluso la parcialidad, la tristeza y el sinsentido. Mikis Theodorakis había nacido en el año 1925. Contaba entonces con 39 años de edad. Se formó en música clásica en París. A la vuelta se comprometió con lo que el sonido de su patria (Grecia) decidía, un instrumento, la mandolina. Eso se oyó en Zorba el griego: país de referencia y personaje de referencia juntos, un artilugio primoroso. Pero al tino musical e intelectual de Theodorakis se unió otro registro que lo hizo actuar por compromiso: la posición ideológica y política, el enfrentamiento contra la dictadura de los coroneles y el exilio y la representación como diputado en el parlamento en los grupos de izquierda. Ahí el sentido ético del comunismo, eso que apreció y encontró en otros autores, cual Pablo Neruda y su Canto general al que Thedorakis puso música. Y el tiempo dio con el sentido del corazón en Mikis Theodorakis. Al final de su existencia el corazón lo persiguió y lo mató cuando contaba con 96 años. Lo asistía la mansedumbre de la obra lograda y de la vida lograda.