Después del paréntesis

Una historia contemporánea

En las entrañas del poder, la contundencia es categórica. De lo cual se deduce que la guerra no es solo guerra cuando una potencia mundial pierde ante un enemigo que resulta la cara contraria de lo que impone. Así, reservas al fundamentalismo religioso, la supresión de los derechos civiles, la presión sobre la enseñanza y […]

En las entrañas del poder, la contundencia es categórica. De lo cual se deduce que la guerra no es solo guerra cuando una potencia mundial pierde ante un enemigo que resulta la cara contraria de lo que impone. Así, reservas al fundamentalismo religioso, la supresión de los derechos civiles, la presión sobre la enseñanza y la cultura o el sometimiento de las mujeres. Si eso ocurre, la pérdida no es solo una pérdida militar, suspende los valores que la fuerza en cuestión ampara. Es decir, EE.UU. y su desatino en Afganistán con sus consecuencias. Lo sucedido allí es un fracaso que divulga el desastre, la estrategia militar norteamericana en el exterior por los suelos. Y ante ello siempre hay respuesta. Es decir, cuando los talibanes atacaron a ese país el 11-S, el líder, Bin Laden, estaba muerto. Lo logrado por los talibanes en Afganistán revela lo uno global enfrentado a lo otro particular. Y la cuestión no es que los americanos cuenten con una excusa para la respuesta: el atentado pasado contra civiles en plena maniobra de evacuación que parecía pactado. Ese acuerdo habría de respetarse en su absoluto; no habría de haber muertos en semejante trance. Esto es, los trece militares muertos son tan inocentes como los otros; no se encontraban ahí en posición de combate. De manera que la alarma no se conforma con la barbaridad y con la intransigencia; tal cuestión no es convincente, ni que el índice de popularidad del presidente Joe Biden haya bajado a mínimos. El asunto es los códigos que establecen las relaciones. Los códigos son casuales e inapelables. No pueden ser suspendidos porque si de ese modo ocurriera la entidad de referencia se aniquilaría. Y ese no es el caso. O lo que es lo mismo, EE.UU. atacará. Y ese ataque (que no ha de entenderse como venganza sino como sanción) será contundente. No se trata aquí de lo que muchísimas veces ha ocurrido, la presión económica contra el mal querido (las agresiones y el bloqueo de Cuba, por ejemplo), se trata de la prueba. No porque los nuevos dueños de Afganistán deban aprender lecciones que ya tienen aprendidas. La inteligencia militar norteamericana ya lo prepara. Tienen medios y procederán. Quien cuenta con el poder manifiesta el poder. En poco tiempo esa actitud se revelará. Las historias contemporáneas siempre se revelan de ese modo. Lo inevitable siempre es inevitable. Y no en correspondencia con la razón, en correspondencia con la firmeza universal que expone la centralidad, que revalida y sentencia.