obituario

Edurne Etxeberria, una vasca-canaria que lega un magisterio de amor

Se fue con la misma serenidad que transmitió durante su vida a familiares y allegados. Fue una paciente amable con una enfermedad que la acorralaba con el paso de los días, pero que fue incapaz de sacarle un quejido o lamento. Desde una aceptación admirable afrontó sus peores días con una dignidad casi sobrenatural. A pesar de una fatídica cuenta atrás galopante, se despertaba cada mañana dando las gracias por ver despuntar el sol en el horizonte.

Así era Edurne Etxeberria Ugalde, una “vasca-canaria”, como ella misma se definía, que alardeaba de su ADN euskaldun y de una canariedad que defendía a capa y espada, ya fuera con la creación de una colección de cuentos isleños, inculcando a sus alumnos el orgullo del habla canaria, sustituyendo el ‘vosotros’ por ‘ustedes’ o mecanografiando de la primera a la última línea el ‘Natura y Cultura de las Islas Canarias’, la gran obra de la Transición en el Archipiélago promovida y coordinada por Pedro Hernández Guanir, su compañero inseparable en vida.

“Devolvió la dignidad a las familias agricultoras de las medianías, y los niños (sus alumnos del centro de Enseñanza Manuel de Falla, en Barroso, La Orotava, donde desarrolló la mayor parte de su carrera profesional) hablaban y presumían de las gallinas y los baifitos que tenían sus padres”, comentaban ayer en el sepelio varios profesores, que elogiaban su “amor por el mundo rural”, su “perfecto equilibrio afectivo y profesional” y su “calma” en las discusiones del grupo de docentes, una serenidad que solo se alteraba cuando detectaba a su alrededor una injusticia. “Entonces estallaba como un volcán, sobre todo a la hora de defender a los más débiles o a quienes estaban en peores condiciones”.

Su labor ha dejado una huella imborrable entre alumnos y docentes. “Era una buena persona, una maestra de corazón y una gran motivadora. Queremos imitar su forma de ser”, coincidían varios profesores en el tanatorio, que no escatimaban elogios para quien desplegó una encomiable generosidad desde que llegó a la Isla procedente de su Asteasu natal, en Guipúzcoa, a través de campañas voluntarias de alfabetización en Las Moraditas, volcándose en la Escuela-Hogar de La Esperanza, su primer destino, haciendo la compra durante años a una familia que sobrevivía en una cueva en La Laguna o acompañando a una vecina invidente con la que salía a pasear en San Juan de la Rambla. Edurne era pura generosidad. Puro corazón.

Escuchaba y enseñaba a escuchar. Y con esa facultad ganaba afectos, conversaciones y agudizaba su receptividad con lo que ocurría a su alrededor. Siempre con una mano tendida, una mirada llena de vida y una sonrisa que ni siquiera perdió cuando el sufrimiento hacía mella en su interior. Gracias por tantas lecciones, Edurne. Pedro y Adey no pueden sentirse más orgullosos de la esposa y madre que les regaló la vida.

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