tribuna

Los Taburiente, después de ayer

Un teatro puede convertirse por unas horas en un búnker amable libre de la hosquedad del mundo, un lugar donde la noche parezca de día

Un teatro puede convertirse por unas horas en un búnker amable libre de la hosquedad del mundo, un lugar donde la noche parezca de día.

Una velada de arte, de ciencia, de música, de la cultura en la amplia longitud de la palabra, y de solidaridad infinita no sería posible entre las cuatro paredes de un teatro sin la magia de un encuentro de personas que se dan cita a tal fin dejando en la puerta las sombras de la noche para que dentro se haga la luz. La hemos nombrado tanto (esa famosa luz al final del túnel de la pandemia o del volcán, de una cosa o de la otra) que la gala de los Premios Taburiente resultó una catarsis, antes de que 2021 termine con sus andrajos, para abrir con esperanza la caja del año nuevo, el regalo que nos deseamos, sin escarmentar por las últimas frustraciones. Allí estaban los damnificados del volcán de La Palma, la madre de las niñas que ascendieron del mar a los cielos y los artistas, los científicos, los cantantes, los emprendedores, los ángeles de la guarda de los más vulnerables y las voces valerosas que hacen realidad una sociedad mejor en mitad de la discriminación y la injusticia. ¿Puede un teatro, transformado en un oasis, despertarnos del letargo de los días grises y ser una llamada a la conciencia? El Guimerá, este jueves pasado, fue ese sitio de paz acordada contra viento y marea. Como una balsa en medio de la tempestad.

Afuera los indicios no habían cambiado mucho de lo acaecido meses, años atrás. La erupción destructiva de La Palma continuaba su curso y el coronavirus no daba señales de apaciguamiento. Los visos de la economía no invitaban al optimismo, por el aumento de la inflación. Y en esas se abrió el telón.

Desde su nacimiento, los Premios Taburiente de este periódico han obrado aquel milagro de dar la vuelta al calcetín de lo que nos acontece. Cada edición nos reserva un destello especial y único, que solo la pandemia interrumpió en 2020. Torres, el presidente del Gobierno, alargó la mano y entregó el premio a María Remedios Armas, una de las primeras personas que perdió su casa en La Palma (en la foto contaba al rey cabizbaja su desgracia), y a Yulián Lorenzo, el agricultor que, en una de las imágenes más conocidas, cargaba con una manilla de plátanos huyendo de la lava. Son los premios que llevan desde 2015 (por el 125 aniversario de la fundación de DIARIO DE AVISOS) el nombre de la Caldera de Taburiente. Este año distinguieron al pueblo palmero por sus arrestos y el don de sortear el desmayo. María Remedios pidió ayuda desde el estrado. No es una palabra cualquiera si a quien la dice el volcán le ha arrebatado su hogar y sus raíces en la tierra.

En el instante en que Beatriz Zimmermann dio gracias a la tripulación del Ángeles Alvariño por haber rescatado el cuerpo de una de sus hijas desvelando así el trágico desenlace de Anna y Olivia tras el desgarrador secuestro por parte de su padre, el teatro se estremeció y no tardó en dar la vuelta al mundo la reaparición de esta madre ejemplar y la noticia del monumento en Santa Cruz a las niñas que anunció Lucas Fernández, editor de nuestro periódico. La escultura a estos dos “seres de luz”, como dijo Fernández, será costeada por la Fundación que preside en una ubicación céntrica junto al mar, gracias al Ayuntamiento.

Los lazos de estos premios conectaban de extremo a extremo la astrofísica y el mellotron, de Francisco Sánchez a Teddy Bautista. Del redescubridor de nuestros cielos, que en el siglo XX siguió la estela de Charles Piazzi Smyth, el astrónomo real escocés del siglo XIX, al inventor de sonidos de la vanguardia del rock español y los derechos de autor. Sánchez consagró su vida a sembrar el Teide y el Roque de los Muchachos de los mayores y mejores telescopios del mundo y Bautista ha sido víctima de una cruzada por blindar el copyright en el universo de la música española. Pepe Dámaso citó, en connivencia con Sánchez, el cosmos de César Manrique, que en comparación con su hallazgo de la tropicalidad del canario es saltar de isla en isla sobre los mismos pilares.

Al mosaico de fotogramas de la gala se fueron sumando los ganadores de cada faceta sin romper el sentido de continuidad de una ceremonia de complicidades. Elfidio Alonso, patriarca de Los Sabandeños, entregó el Taburiente a Tenderete, que es el espacio decano de la música canaria en TVE, donde Díaz Cutillas creó escuela desde el primer día de emisión hace ya medio siglo. Hay programas de televisión que son “patrimonio” de la gente, como dijo su director, Cipriano Almeida. La identidad de Canarias, desde la Transición, no se entendería sin Tenderete en una suerte de, llamemos, idiosincrasia mediática, cuando aún no había llegado Internet y la televisión era el oráculo.

Hubo un periodo en la reciente historia política española en que dos canarios, Carla Antonelli y Pedro Zerolo, agitaron los cimientos de una sociedad anticuada y excluyente, y lideraron la defensa de la diversidad en los patrones de género del país que abrazaba la democracia tras la dictadura, y su influencia alteró para siempre los cánones vigentes y convirtió en leyes una nueva cultura de la igualdad. En la gala de este jueves estaba sobre el escenario Antonelli, la batalladora de la comunidad LGTBI, la actriz, la diputada de Madrid, la soñadora a sangre y fuego que ha hecho realidad su verdad militante. “Nunca más volveremos a agachar la cabeza”, clamó a través del micrófono. Y al padre Ángel, de Mensajeros de la Paz, le confesó que su madre, de vivir, se habría sentido dichosa viéndolos a los dos compartir el Taburiente en el Guimerá. El escenario que la actriz Isabel Prinz, premio a toda una carrera de cine y comunicación, pisó como si subiera a un altar, mostraba a los galardonados la vuelta de los aforos tras el eclipse del público cultural por la pandemia. El empresario Wolfgang Kiessling reivindicó en ese marco su ideario de la defensa de los animales y usó la palabra respeto para definir su proyecto de rescate y conservación de Loro Parque.

Los premios han sobrevivido a la crisis sanitaria y han desplegado de nuevo su fórmula de palabras, imágenes y pausas musicales, con Rafael Basurto (distinguido en memoria de Los Panchos) cantando Si tú me dices ven, Chago Melián (el pintor y cantante premiado por su brillante trayectoria) y la parranda Los Tendereteros.

Los Taburiente no se reducen a un acto. Siempre es así. Al final de la gala, nos ilusionamos con la idea de que, de pronto, discurriera la vida con naturalidad, a sabiendas de que ya nada es como antes, pero acaso podemos ser mejores personas que ayer.

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