El charco hondo

Patinetes

Únicamente queda poner nombre, calle, apellidos, hora o fecha en el calendario, pero ocurrirá; falta que pase, porque pasará. Y cuando llegue el día, con una ambulancia abriéndose paso por las calles adyacentes, los mirones revoloteando, la patineta en el suelo y el herido desorientado, cuando esta escena rompa la mañana, destroce la tarde y […]

Únicamente queda poner nombre, calle, apellidos, hora o fecha en el calendario, pero ocurrirá; falta que pase, porque pasará. Y cuando llegue el día, con una ambulancia abriéndose paso por las calles adyacentes, los mirones revoloteando, la patineta en el suelo y el herido desorientado, cuando esta escena rompa la mañana, destroce la tarde y deje malherido o astillado el cuerpo del atropellado (dependiendo de la edad, encajando mejor o peor el golpe) será cuando se hable, debata, escriba, proteste, lamente, regule, vigile y sancione el uso irresponsable -y tolerado- de las patinetas que han invadido la ciudad (ni un minuto antes, ni otro después). Será en ese preciso instante, con el sobrino, la abuela, el cuñado o la madre sobre la acera o la plaza, preguntándose qué les ha pasado por encima, qué fue, qué pasó, qué va a pasar, cuando se ponga orden al absoluto desorden que reina en las calles con las patinetas que ruedan entre la gente, alcanzando velocidades suficientes para augurar la tragedia, poniéndoselo difícil a los peatones, asustando a la gente de más edad, confirmando que solo falta ubicar la calle del incidente que lloraremos a agua pasada. Algo hay que hacer, pero ya, para bajar de la patineta a quienes circulan por cualquier parte, de cualquier manera, incorporándola a veces al guión del alcohol, convirtiéndola en atracción de feria, utilizándola como herramienta de retos o desafíos con aspiración de viralidad y, entre esto y lo otro, poniendo en peligro a transeúntes, en general, y a niños o abuelos, en particular. Hay que cortarlo de raíz. No puede ser que nos suban a su montaña rusa o -en lo que constituye un aspecto menor, pero molesto- que los artilugios sean abandonados donde les plazca. Regúlese lo desregulado. Sanciónese, con multas que duelan, a los usuarios que confunden la ciudad con un parque de atracciones (o a la empresa, en su defecto). La permisividad está incubando el atropello que, entonces sí, generará debate, quejas y polémica, pero ya será tarde, al menos para quien haya encajado el golpe y acabado con sus huesos en el suelo o camino de urgencias. Los competentes deben caer sobre esos usuarios y concesionarios, cuanto antes se endurezcan las multas tanto mejor. La estadística juega contra los peatones. Más pronto que tarde ocurrirá, basta verlas por la calle para intuir que el atropello está al caer. Obviamente, hay quienes las utilizan con cabeza -las generalizaciones son odiosas, pero a los usuarios responsables también les interesa que pongan orden en el desorden-. Más vale que bajen a los folclóricos del patín, están tardando.