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¿Principio del fin?

El jueves, tras almorzar en la Sidrería Asturias con dos amigos y Mini, llegué a casa y me entró sueño. Me eché sobre la cama y tuve una pesadilla que por poco no acaba en tragedia. Yo era el conductor de una furgoneta Volkswagen, de aquellas de los hippies, de color azul, en la que viajaban jugadores del F.C. Barcelona. La metí, de culo, en el antiguo garaje portuense de Transportes de Tenerife, al que yo le añadí –que no existió nunca— una rampa. Pues bien, la furgoneta cogió velocidad, yo no la podía parar y pisé muy fuerte el freno para no estamparla contra la pared del garaje. Hice tanta fuerza en el sueño que salí despedido de la cama –y esto ya forma parte de la realidad— con tal ímpetu que tiré todo lo que estaba en la mesa de noche: reloj, radio, una piedra de cuarzo de la buena suerte en forma de corazón, portarretratos, pastillas de nitroglicerina, mandos de la tele y de Netflix y una linterna de emergencia. Voy a aclarar que la mesa de noche tiene tres pisos, porque ustedes dirán que cómo me caben en ella tantas cosas. Debí dar una vuelta en el aire hasta que llegué al suelo, porque me dañé la pierna izquierda cuando tenía que haber caído sobre la derecha y partirme esa cadera. Pero todo quedó en un susto para mí y para Mini, que se echaba la siesta en su cama, al lado de la mía, y a la que no aplasté de verdadero milagro. Salió mandada a refugiarse bajo la cama. ¿Principio del fin? El día anterior fui a comer a Los Limoneros para la entrevista de los lunes y dejé abierta la puerta de mi casa, de par en par, hasta que mi hermano, que vive al lado, se dio cuenta y la cerró. Yo creo que estoy gagá. No encuentro otro motivo para justificar tales hazañas.

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