después del paréntesis

Taneski

El motivo inexcusable fue el parecido de las chicas con su madre. ¿Parecido real o aparente? Poco importa; el desequilibrio de ese hombre lo hacía distinguir lo que precisaba distinguir. La primera contaba con 56 años de edad. Tres meses desaparecida. Cuando la hallaron, se la descubrió golpeada, estrangulada, violada y muerta. Vlado Taneski, periodista de sucesos, escribió sobre el desastre. Con tanto tino que la policía comenzó a sospechar de sus conocimientos. Y de ese modo sucedió hasta la tercera víctima: se vieron reflejados en las páginas del periódico detalles que solo los detectives y el asesino podían conocer. Así fue como detuvieron a quien (el propio Taneski) bautizaron como el “monstruo de Kicevo”, Kicevo, la pequeña localidad de Macedonia donde no ocurría nada y donde nació y vivió el asesino.

Una condición acompañaba al criminal desde el momento en que se decidió a actuar: el maltrato físico y psicológico que su estricta familia conservadora le propició desde la infancia. ¿Qué sostiene semejante desdicha? Enseñar al niño los rigores y peligros del perverso y bestial mundo que lo esperaba. Y en ese punto no tanto el padre, complot con el macho y la autoridad, cuanto la madre, signo manifiesto de la ternura y de la protección. De lo cual trasciende el complejo de Edipo, complejo que en más de una ocasión lleva al homicidio. Y de ello se sucede que este hombre, casado, con dos hijos, ejemplar en el trato, con empleo respetable como respetable es el empleo de su preparada mujer, este hombre, luego del suicidio de su padre, se decidiera a reparar el daño de la madre ahora solitaria. Algunos preclaros psiquiatras, como Freud, lo adujeron: el parricidio, el matricidio. No sucedió por la esencia misma de las mujeres y de los hombres: la asunción de la pertenencia y la sucesión, es decir, Vlado Taneski irremisiblemente era hijo de las personas a las que no podía agredir. Luego, el mundo al revés. Nombró “malévola” a su madre y se arrastró fuera del real, fuera de la conciencia, fuera de la templanza y del respeto a la vida. Para reponer sus ausencias, Vlado secuestró, torturó (como lo torturó su madre), violó (como hubo de violar a su madre) y mató (como hubo de matar a su madre). Eso quedó para asombro de sus vecinos. Con lo más insólito: dejar pistas a la policía a fin de que se descubriera lo que no podía ocultar: la conmoción.

El mundo crea los monstruos que irremisiblemente se manifiestan y se manifestarán.

Vlado Taneski, el Monstro de Kicevo.

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