tribuna

Cultura de coalición

El editorial de El País habla de que falta cultura de coalición, pero no parece que sea porque las tensiones internas hagan, como dice, gripar a las políticas reformistas, sino porque la oposición aprovecha estas cuestiones para desgastar al Gobierno. Quiere decir con esto que quien debe adaptarse a la circunstancia de fragmentación política de las cámaras es el que tiene la obligación de ejercer su acción de control. Últimamente, y a medida que se recrudecen las evidentes malas relaciones entre los dos grupos que conforman el Ejecutivo, el relato consiste en responsabilizar a los otros de las quiebras que amenazan con poner en peligro a España. Este es el argumentario que vemos repetir día tras día y que se acrecienta a medida que se debilitan los engarces entre los que nos gobiernan. A aceptar estas realidades como normales es a lo que llama el editorialista cultura de coalición. Estoy de acuerdo en que la normalidad democrática debe demostrarse en cualquiera de los escenarios que se presente como posible, y el que estamos viviendo desde hace un tiempo trae la novedad de lo insólitamente novedoso, pues cierra una etapa de bipartidismo equilibrado y abre otra en la que la disgregación ideológica parece tener mayor fuerza. Si nos detenemos a pensar en esta circunstancia nos daremos cuenta de que esto no es así. El bipartidismo sigue existiendo si tomamos una rocambolesca acepción de la palabra, que bien podría ser partido en dos. Lo que antes era una alternancia entre dos concepciones de la acción política, separadas por una fina línea, casi osmótica, donde se podían interconectar soluciones, hoy son bloques cerrados que están forzados cada vez más a no entenderse. El frentismo es de uso común, y al rechazo que le produce al ciudadano esa situación se le califica como falta de cultura de coalición. No es cierto, porque lo que ocurre en otros países, que nos son cercanos por pertenecer al club europeo, indica que las cosas pueden ser de otra manera y que el patriotismo, tan requerido ahora como comportamiento ejemplar, se puede practicar desde el sacrificio de coaligarse con quien conviene más que con quien se comparte una historia de militancia bajo el himno común de alcanzar la lucha final. En otros lugares vemos cómo se prefiere negociar con los que aparentemente son los contrarios, siempre que garantice la unión, la estabilidad y el progreso del país, como ocurre, por ejemplo, en Alemania. Sin embargo, a esto no se le llama cultura de coalición. Para nosotros cultura de coalición es aceptar el frentismo como única solución posible, sin darnos cuenta de que eso forma parte también de nuestros mayores errores históricos. La sociedad moderna se tambalea movida por agentes extraños que la obligan a modificar su comportamiento. La pandemia, el cambio climático, los populismos, los nacionalismos a ultranza y las reivindicaciones revolucionarias como única vía para resolver el terrible problema de la desigualdad, son cuestiones sobrevenidas que nos obligan a enfrentar los problemas de manera diferente. La salida no está en recurrir a las viejas formas de los bloques. Hay soluciones de biconceptualidad, como las que exponía Lakoff en Estados Unidos, que es de donde nos vienen los planteamientos teóricos del sistema democrático. Es cierto que han irrumpido la era Trump y el Brexit, y una ola de oportunismo y de inmediatez se presenta de pronto a trastocarlo todo, pero las sociedades reaccionan ante estos fenómenos temporales y tienden a recomponerse. Estoy de acuerdo con el editorial en lo referente a la débil cultura de coalición, pero esto ocurre cuando se considera que la única posible es la que tenemos. Loque tenemos no es cultura de coalición, simplemente es mentira.

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