por quÉ no me callo

El oráculo está desatado

El fantasma del temor a un apagón energético continental recorre Europa, envuelto en los tics de la psicosis pandémica. Diríase que forma parte del mismo ciclo apocalíptico que abrió el coronavirus en 2020 y que los gobiernos están cardiacos por los informes secretos que les alertan de peligros más o menos inminentes o fundados.

España dice estar tranquila (REE mira para otro lado, no le da crédito), pero Alemania y Austria han levantado la veda de esta sospecha aprensiva desde octubre y han creado tendencia. Este miedo a un blockout ya se extiende en el seno de la UE como un reguero de pólvora. Por suerte, no ha calado en la hinchada, que ha vuelto a los estadios. No conviene dramatizar el cortado mañanero tras los goles dominicales. Se agradece la desinformación consciente, esta pausa del relato tétrico que consumimos. Dicho lo cual, la espiral de pánico amenaza abrirse paso, como si al calor de la pandemia procede una hoguera continua. También hay prevención a un desabastecimiento general por la crisis de los contenedores, las materias primas y los microchips. China, la fábrica del planeta, acapara todo lo que se produce y ahoga al resto. Pero es mejor no pensar en esto, ya se recompondrá el puzzle; confiemos en que los juguetes no falten en las tiendas. Nada ganamos con anticipar ese shock por falta de stock. Tiene más sentido mirar a Glasgow estos días y que los líderes se tomen en serio el cambio climático, que es la madre de todas las batallas.

Cierto que dirigentes y militares de países europeos muy respetables lanzan un SOS a sus poblaciones, como hacemos en La Palma por el volcán y la sismicidad, para que hagan acopio de víveres, dinero en efectivo, agua y velas suficientes para dos semanas a ciegas.

¿Europa se va a quedar sin luz y agua antes de cinco años? Los expertos que surten a sus gobiernos de esta clase de vaticinios establecen esa hipótesis para este lustro. Todavía, como digo, no ha cundido la alarma de lo que aguarda en la vida real, mientras Zuckerberg presenta su Metaverso de mundo virtual sobre las cenizas de la zarandeada Facebook. Pero en cualquier momento saltará la chispa y entraremos en modo pandemia con el canguelo con que pusimos un pie en esta década.

Las profecías catastrofistas no cesan tras la que ha armado el virus chino. Una vez abierta la caja de Pandora, venden catástrofes y diluvios, sin margen para los pacifistas ideales de los años 60, de haz el amor y no la guerra. Nos han robotizado como lacayos del terror. Hasta que se llene el cacharro y la moda sea la inversa y nos volvamos de carne y hueso con ganas de que nos dejen en paz.

Una virulenta tormenta solar sumió en Québec, en 1989, a millones de personas en la oscuridad. Pero de ceros energéticos sabemos la biblia en las Islas y no se paró Canarias como ahora se proclama que se va a parar el mundo. El Gran Apagón resulta una hipérbole al uso: el universo Internet se fundirá a negro y, como fichas de dominó, los distintos países de Europa irán cayendo en una pandemia energética que noqueará ordenadores, semáforos, cajeros automáticos … y armará un caos de seguridad. Hasta el FMI alerta de una oleada de conflictos sociales y gobiernos colapsados. Ha nacido una generación de videntes pospandemia. Los augures que adivinan el futuro en think tanks se han convertido, como en la antigüedad, en el gran oráculo de los gobernantes para la toma de decisiones.

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