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Fiebre

El viernes por la noche me dio fiebre, hasta 38º y comencé a temblar

El viernes por la noche me dio fiebre, hasta 38º y comencé a temblar. ¡Ya lo cogí!, me dije erróneamente, porque con dos dosis de paracetamol la temperatura me bajó a 36,1º a las pocas horas y no sufría otros síntomas asociados; así que llamé a mi médico, el profesor Alarcó, que me dijo que la enfermedad no debuta de esa manera, que me tranquilizara y que me quedara en casa por precaución, como así hice. Debí coger eso que llaman un golpe de aire, o quizá fue una reacción tardía de mis vacunaciones contra el covid-19 (la de refuerzo para viejos) y contra la gripe. Lo cierto es que tras medicarme dormí como un lirón y a la mañana siguiente ya estaba bueno, o al menos sin fiebre, porque uno nunca está bueno del todo. “Una virosis”, me dijo el sabio galeno, “hace mucho frío en estos días”. Pero el sábado por la mañana, en el Puerto, había una sensación térmica espléndida, con 30,9º de temperatura, a las diez y diez de la mañana, que es a la hora en que escribo. Bueno, parece que fue un susto, he suspendido la medicación para no hacerme polvo el estómago y me he tomado mi cortadito mañanero, que siempre es así como reparador. Hoy no saldré a la calle, suspendí la comida que tenía concertada en la Sidrería Asturias y me quedaré leyendo en casa un libro de Stefan Zweig que me han recomendado, El legado de Europa, que no conocía (Acantilado). Además, el Puerto está insufrible, con una carrera de esas que ahora organizan casi todos los ayuntamientos para joder al ciudadano y para que cuarenta o cuatrocientos indocumentados paralicen las ciudades. Además, ¿qué sacas en claro con una carrera en la que acabas reventado por falta de entrenamiento? Veo pasar, desde la ventana, a corredores sudorosos y demacrados, en busca de una medalla de latón. Triste recompensa para tanto esfuerzo.