El charco hondo

La forma nuclear de la estupidez

Estúpido es quien solo tiene en cuenta un punto de vista, el suyo; no así los inteligentes, permeables a diferentes lecturas de la realidad, capaces de defender con solvencia sus argumentos o, en su caso, abiertos a la discrepancia, flexibles, receptivos, cómodos cuando escuchan razones que mejoran las propias. La estupidez habla de la estrechez […]

Estúpido es quien solo tiene en cuenta un punto de vista, el suyo; no así los inteligentes, permeables a diferentes lecturas de la realidad, capaces de defender con solvencia sus argumentos o, en su caso, abiertos a la discrepancia, flexibles, receptivos, cómodos cuando escuchan razones que mejoran las propias. La estupidez habla de la estrechez de miras, de ahí la figura del mentecato, del privado de mente (la forma nuclear de la estupidez, según Johann Erdmann). Cuando se desciende al infierno donde los estúpidos revolotean, entorpecen o enredan con sus despropósitos -ahí abajo conviven con engreídos, tramposos y miserables- cabe distinguir entre estúpidos ocasionales y funcionales. En algún momento, pocos, o no, hemos sido estúpidos; todos, sin excepción. Otra cosa son los estúpidos funcionales. Otra categoría. Otro nivel. El estúpido funcional es a la idiotez lo que la Champions al fútbol, los elegidos, la élite, los top, el perfil imprescindible para considerar divertido, valiente o revolucionario destrozar unas intervenciones artísticas realizadas por el alumnado de la Escuela Superior de Arte y Diseño Fernando Estévez, en el paseo de San Amaro del Puerto de la Cruz. Los alumnos de la Escuela aprovecharon el mobiliario urbano para, en el marco del Festival Internacional de Agatha Christie, ejecutar un trabajo con el mobiliario como soporte, ventana y oportunidad. El lugar elegido no es fruto de la causalidad. Como ha recordado Gabriela Gulesserian (en este periódico) sitios como los señalados inspiraron a la escritora británica -tuvo Agatha Christie una relación con el Puerto de la Cruz insuficientemente conocida-. Durante un mes, o algo más, los alumnos se volcaron para hacer realidad un proyecto que no ha logrado sobrevivir a la zarpas de quienes, estúpidos funcionales, no saben distinguir entre el atrevimiento y la gilipollez. Hay que estar muy perdido, ido, vacío, idiotizado, para destrozar por destrozar; y celebrar lo destrozado, posiblemente. El prestigio del estúpido es ácido, absurdo. La idiotez elevada a la categoría de heroicidad engendra vándalos de cartón, llenando las calles de frustración, violencia y toneladas de estupidez. La aristocracia de los mentecatos radiografían fracasos individuales, y colectivos. Los alumnos merecen que ayuntamiento u otras instituciones exploren cómo poner en valor -multiplicando su proyección- el trabajo que los estúpidos destruyeron.