tribuna

La pianola

Mi abuelo tenía una pianola. Los domingos por las mañanas abría las puertas que daban a la terraza para dejar que la luz entrara en la casa, ponía un rollo y se sentaba a pedalear y la música invadía el ambiente

Mi abuelo tenía una pianola. Los domingos por las mañanas abría las puertas que daban a la terraza para dejar que la luz entrara en la casa, ponía un rollo y se sentaba a pedalear y la música invadía el ambiente, llenándolo de alegría o de tristeza si lo que sonaba era un vals melancólico, una pavana enlutada o una marcha triunfal. Había un arcón de madera, una de esas cajas para guardar los proyectiles, donde se encerraban los cilindros de papel perforado. Aquellos depósitos de cedro que servían para esconder las balas mortíferas de las guerras se utilizaban ahora para almacenar la música escondida en claves secretas, donde el aire de los fuelles era capaz de mover a las teclas del piano y sonar a gloria. Más tarde, mi abuelo oía la radio mientras saboreaba un puro en el fumador. La pianola pasó a ser un trasto inservible cuando la bakelita inundó nuestras vidas. Hoy escucho los sonidos que el bluetooth envía a un altavoz inalámbrico. Ni punto de comparación, pero mi abuelo interactuaba con la pianola y le transmitía algo de su cosecha para mejorar la interpretación manejando unas pequeñas palancas, como si estuviera ante los mandos de un avión. Ese mundo se nos fue de las manos, y la pianola terminó confundida con los restos de una demolición, como tantas cosas que aparecerán al cabo del tiempo para hacer las delicias de los arqueólogos. Frente a la casa de mis abuelos se estaba formando una urbanización y yo jugaba entre monturrios de derrubios que iban a formar los nuevos suelos una vez aplanados. Allí había trozos de porcelanas antiguas, luciendo igual que las reliquias de un mundo que estaba siendo sustituido por otro. Tenían el valor de lo obsoleto, de los restos de algo perecedero que sufría los efectos de la renovación. Así pasa con todo, aunque la nostalgia, o la borrachera de la resurrección imposible, no nos permita verlo. Veo desfilar ante mí, corrientes de recuperación de ideas que ya fueron, desconfianza ante la inseguridad de lo que se presenta como desconocido, pero que en realidad ya existió. Hay tendencias negacionistas que recuerdan a las diásporas contemplativas de los místicos buscando la respuesta a la no vida; veo marchas esperanzadas en la persecución de una aurora que se esfuma en la memoria, gente que va tras el nacimiento del arco iris intentando descubrir el misterio de la luz. Todos creen en la existencia de un monstruo que los viene a devorar y se refugian en el interior de sus espíritus. Hacen pactos con las gallinas y se convierten en colaboradores de un movimiento no gubernamental aparentemente solidario que pretende enfrentarse a un engaño que no comprende. Se empeñan en resucitar a la pianola. Quizá un día se la tropiecen en una excavación, y escriban un artículo resaltando sus bondades. Hoy he estado escuchando algo de Khachaturian en Spotify. El wifi lo envía a mi altavoz. Hace poco llovía. Creo que ha nevado en la cumbre. Me gusta este otoño que no se enfría mas de la cuenta. Hasta aquí no llegan los efectos del cambio climático sino por las imágenes del televisor y por las noticias insistentes. Me rodean las catástrofes y las desgracias, y los anuncios de crisis de las que no nos podremos librar, y de mundos nuevos que nunca llegaré a entender. Entonces siento la tentación de regresar a la pianola de mi abuelo, pero decido que no, que pese a todo lo malo que me presentan, este mundo en que vivo me va a ofrecer más cosas buenas que malas. Hay gente que sigue escribiendo libros estupendos y haciendo música con muy buena calidad, y pintando cuadros fantásticos o elucubrando con la planificación de la vida. De momento no me quejo. Ahí están las gallinas. Las veo felices, aunque nunca se me ocurrirá echarles sus propios huevos para que se los coman.  

TE RECOMENDAMOS