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Mi padre

Si Jacques Tati dedicó una película a su tío, ¿por qué yo no voy a dedicar un artículo a contar una anécdota de mi padre? Mi padre fue muchos años presidente del CD Puerto Cruz, un equipo que jugaba tan bien que todo el mundo le decía El Pequeño Real Madrid. Un día terrible, de lluvia, viento y frío, con el campo portuense de El Peñón embarrado, el Puerto Cruz jugaba contra el Interián, el equipo de La Caleta de Interián, barrio que creo que se disputan Garachico y Los Silos. Goleaba el equipo local al visitante y a mi padre le dio tanta pena de ver al aterido portero del Interián, que apenas vestía un jersey finito, empapado y temblando, que fue a la cercana cantina de Mamerto, situada dentro del recinto deportivo, a los pies del Peñón del Fraile, compró una botella de coñac, agarró una copa de aquellas que tenían las dos líneas rojas rodeándola y le iba dando sorbitos de brandy al guardameta, que acabó cargado como un erizo. El Puerto Cruz goleó -de todas formas iba a hacerlo-, pero el guardavallas del equipo visitante se lanzaba como un loco a por los balones, unas veces acertando y ocho veces no, porque el resultado final fue de 8 a 0 a favor del Pequeño Real Madrid. Entonces a la gente se le ocurría cosas muy curiosas. Como cuando Gilberto Hernández, el Orejas, un gran piloto, apostó con Antonio Soriano, ariete del CD Puerto Cruz, a que lo ponía cuerpo a tierra en un partido de fútbol. Llegó con la avioneta, picó sobre el campo, y cuando Soriano lo vio se tiró al suelo, pataleando. La imprudencia le costó a Gilberto la pérdida de la licencia, de forma temporal, y una reprimenda del alcalde. Otro día les cuento cuando le cayó una extranjera suicida en la cabeza, Gilberto sentado en un banco del muelle. Le salvó la vida a la mujer.

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