después del paréntesis

Rostro deformado

Es lógico pensar que cuando alguien se descubre abandonado la pesadumbre se ensañe con él. De donde suele funcionar bien para el caso eso de ahora me conocerás si contigo me tropiezo de nuevo o eso de nadie te querrá como yo, más tarde o más temprano volverás a llorar sobre mi hombro, etcétera, etcétera. Mas se olvida. Un clavo saca a otro clavo. Esas cosas del amor existen y sirven para elevarlas a categoría, pruebas y errores. Así que lo visto por un lado; pero, por otro, en este maligno mundo el asunto se enreda cuando el macho se revela. Por ejemplo, lo leí hace tiempo en un libro sobre antropología general de Claude Lévi-Strauss, la historia del origen de los granos en la cara de las chicas. Así fue: el hijo mayor del jefe de la tribu se enamoró locamente de la muchacha más hermosa del lugar. A sus anhelos ella respondió no. El chico contrariado pidió ayuda a su padre. El rey, visto lo visto, se interesó y propuso. La chica repitió el no. El jefe, que era rey y era amo, decidió. No estaba dispuesto aceptar la negativa de la moza. Convocó al hechicero para que le pusiera remedio al asunto. Lo hizo: afeó el rostro de la muchacha con las pústulas. Por supuesto, la historia no es tan ingenua como Lévi-Strauss la copió. ¿El mundo es completo solo desde la perspectiva del macho deformador?, ¿qué ocurriría si la chica respondiera con una saña igual? Eso ha ocurrido, aquel o aquella que se gira y responde con el mismo sopapo en el rostro que él o ella recibieron; el mundo está lleno de semejantes tormentos. Borges y otros románticos sostuvieron que la justicia y los códigos de justicia no son la misma cosa. Por eso escribió el inquietante Emma Zunz. Entonces, ¿a qué tenemos miedo los seres humanos, a la justicia o al efecto compensatorio de la justicia? El “ojo por ojo” es espurio para los cristianos. Pero veamos: un desalmado tuvo a bien destrozar el rostro de la niña o los ojos y el semblante de una muchacha árabe con ácido sulfúrico porque ella, como la chica del cuento, no accedió a ser su premio. La justicia falla y la joven agredida, al tener razón, es considerada. Mas ella no quiere compensación económica alguna; desea infringir al agresor los mismos tormentos que ella sufrió. ¿Qué principio moral, ético o legislativo debe impedírselo? ¿Debe ser caritativa con quien la convirtió en un monstruo para que ningún pretendiente se le acercara? ¿Quién asegura la libertad, el que martirizó o aquel al que ha de condenarse con el mismo dolor de la infame tortura?

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