tribuna

Discurso de Navidad

Nunca he sabido si lo más importante es analizar el contenido del mensaje del Rey o hacerlo sobre los comentarios que provoca al día siguiente en los medios de comunicación

Nunca he sabido si lo más importante es analizar el contenido del mensaje del Rey o hacerlo sobre los comentarios que provoca al día siguiente en los medios de comunicación. Lo cierto es que las alusiones son interpretadas a gusto del consumidor y nadie se ve reflejado en las necesarias admoniciones que se contienen en el discurso. Por ejemplo, dice el editorial de El País: “El Rey determina con claridad el estándar de comportamiento más allá de la ley para todo aquel que asume responsabilidades constitucionales”. En este caso, se empeña el editorialista que Felipe VI se refiere al emérito, a pesar de no ser nombrado en ningún momento. A mí, a bote pronto, se me ocurren multitud de responsables políticos a los que seria aplicable esta reflexión sin complicarse demasiado en traducciones torticeras. Sin embargo, parece que el monarca aprovecha las fiestas de la paz para arremeter contra su padre, justo ahora en que lo están destripando en las cadenas de la telebasura y hasta en las plataformas de cierta militancia partidaria. Al tiempo en que sus causas son archivadas es cuando arrecian las críticas provenientes del rancio republicanismo. No diré que la forma de actuar del emérito sea ejemplar, pero no me resulta oportuno el que se suelte a los perros en el momento en que desaparecen los supuestos asuntos penales. Estamos en lo mismo de siempre. Cuando conviene destruir a alguien se recurre a las comisiones y a las responsabilidades políticas. Este es el caso del editorial de El País, que acaba comentando una situación que no ha sido nombrada en el cuidado texto de Navidad. ¿Y si se refiere a otros? ¿Y si lo que está haciendo es denunciar a esa tendencia moralizante que solo ve la viga en el ojo ajeno y nunca se equivoca en su actuación supuestamente ejemplar, aunque mienta, aunque practique el cinismo, aunque no sea capaz de contenerse en los desmanes por sus promesas incumplidas? El Rey, para El País, no se refiere a esto. Solo habla para condenar a un padre al que no nombra, porque así lo decide quien ostenta el monopolio de lo políticamente correcto. Pues va a ser que no, que ahora lo que se lleva es lo políticamente indeseable, como titula a su libro Cayetana. Lo he leído este mes, y además me he zampado “El jefe de los espías”, sobre el general Manglano, y “Al servicio de su majestad”, de Fernando Rueda. En ellos he hallado que en el platillo hay un balance más bueno que malo para juzgar los años de un jefe de Estado que nos metió de lleno en la Transición, en Europa y en el mundo. A pesar de todo, la sombra de la demolición se está desplegando estos días con la exhibición del escándalo y el escarnio, y lo que es peor, colocando la crítica en la boca de quien realiza verdaderos esfuerzos por no hacerlo. Si lo nombra porque lo nombra y si no lo nombra porque no lo nombra. Aparte del patio de vecinos donde se destripa a todo el que se ponga por delante, existe otra España con otra gente sensata que ve las cosas de manera distinta. No es tan culta para llevar la verdad continuamente metida en el bolsillo, pero sí es lo suficientemente inteligente para darse cuenta de quiénes son los que nos quieren dar gato por liebre. Habrá que preguntarle a Pepa Bueno, de pe a pa, si no existe la posibilidad de que cuando el rey habla de responsabilidades constitucionales igual se está refiriendo a otros, pero esperar una respuesta en este sentido sería como pedirle peras a los olmos. Aquí cada uno está para lo que está, que no es otra cosa que agitar el botafumeiro para mayor gloria del señorito, y afirmar que se ha producido la reforma prometida sin reformar nada, porque técnicamente no es posible. Otra vez estamos ante dos mensajes de Navidad, el que oímos anoche en la televisión y el que analiza hoy El País, envuelto en los humos del fanatismo y la ceguera. El texto aparece esta mañana en todos los periódicos. Recomiendo que lo lean y saquen las conclusiones oportunas, no las del órgano de comunicación del pensamiento único.

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