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EDITORIAL | La asignatura del volcán

La Palma respira, en efecto, con alivio, emoción y esperanza. Los días que quedan atrás permanecen grabados en la piedra que tardará meses en enfriarse tras sepultar a su paso miles de hectáreas, viviendas y carreteras

“La erupción ha terminado”, anunció solemnemente el consejero Julio Pérez antes de llegar al día número 100 de lo que calificó como una “insoportable letanía de destrucción”. La Palma respira, en efecto, con alivio, emoción y esperanza. Los días que quedan atrás permanecen grabados en la piedra que tardará meses en enfriarse tras sepultar a su paso miles de hectáreas, viviendas y carreteras. Los habitantes de la isla que han perdido todo, el hogar, la finca y su modo de vida, no verán nunca recompensados los daños infligidos por el volcán. Deberán levantar de nuevo sus sueños sobre pilares improvisados y solo el paso del tiempo sanará las heridas del alma. Ser palmero o palmera no es una palabra cualquiera. Son gente arraigada en tierra de fuego, y ha tenido que pasar más de medio milenio para que, de entre sus volcanes, explotara el más duradero y destructivo, cuyas heridas sobre la superficie del Valle de Aridane darán testimonio a las generaciones futuras de las lavas de dolor que cubren cada desgarro de la Isla y de la historia familiar de los damnificados de Cumbre Vieja.

Pero el de Aridane no será un valle de lágrimas. Este pueblo, que cruzó el océano y abrazó América, se ha levantado otras veces y ya todos reconocen su ejemplar resiliencia. Las palabras del rey Felipe VI en el mensaje de Nochebuena mostrando su cercanía con una sociedad que “ha de rehacerse con ilusión”, y las del presidente Pedro Sánchez, ayer en su perfil de Twitter tras hacerse pública la noticia, como “el mejor regalo de Navidad” (el día del anuncio oficial), subrayan la condición de Isla de la Esperanza para un territorio que, a su manera proporcional, simboliza una época de catástrofe y ruina, bajo el azote de la pandemia y de la consiguiente crisis económica.

Ahora, en el día después, es la hora de la reconstrucción. Centenares de vecinos tardarán todavía un tiempo en poder retornar a las casas supervivientes de las coladas implacables que sepultaron pueblos enteros. Pero la reconstrucción es inaplazable. Los que perdieron el techo merecen un trato prioritario. Cuantos han sufrido pérdidas deben ser auxiliados con diligencia. En estas páginas, el ministro de la Presidencia, Félix Bolaños, declaró el pasado día 12: “Nuestra misión en La Palma acabará cuando los vecinos recuperen sus proyectos de vida”. No antes y solo después. Este es el momento de cumplir la palabra de Estado.

Las instituciones de La Palma, Cabildo y ayuntamientos, y el Gobierno de Canarias han cifrado en algo más de 900 millones de euros los daños materiales de la erupción, cifra que el Gobierno central eleva hasta más de 950 millones. En torno a 1.000 millones es la factura del volcán. Pero Europa solo cubrirá el 2,5% del total, poco más de 22 millones. Una mísera cantidad para una catástrofe de estas dimensiones. Las autoridades españolas han de lograr de la Comisión Europa una aportación adicional extraordinaria que no contempla el actual Fondo de Contingencia europeo para emergencias.

Las actuaciones previstas en viviendas, indemnizaciones y cobertura asistencial, tanto del Gobierno central como del canario (según contemplan los Presupuestos Generales de 2022) han de hacerse efectivas con carácter urgente. Esta es una reconstrucción contra reloj, pues al daño material se añade de inmediato, ya bajo el silencio del volcán, el efecto retardado de los sentimientos. Miles de personas fueron evacuadas ante el riesgo de ser alcanzadas por los ríos de lava, y una parte considerable de ellas no tienen a dónde volver ni tienen fácil recomponer sus vidas lejos del lugar donde vivían y, para muchos, donde incluso habían nacido. El impacto no ha sido solo material, sino emocional y mental. Y este último merece una atención precisa y continuada durante los próximos meses.

El volcán se apagó, pero no acabaron los riesgos asociados a la erupción, ya que persisten los gases nocivos y las coladas tardarán en enfriarse, por lo que el Pevolca mantiene activo su semáforo rojo. Desde el lunes toca acometer con eficacia las labores de realojo atendiendo a las condiciones de seguridad. La erupción no ha costado vidas humanas, a falta de establecer las circunstancias del único fallecimiento ocurrido durante las labores de limpieza de las cubiertas con ceniza. Es, por tanto, un objetivo de primer orden preservar las vidas ahora que el peligro no es ya visible, sino invisible e inodoro, a causa de la presencia de dióxido de carbono en el aire del valle, donde han quedado en pie los hogares a los que anhelan volver muchos de los 7.000 desalojados a lo largo de la crisis.

De este fenómeno, como ocurriera en la isla de El Hierro hace 10 años, la Ciencia obtendrá ventajosas lecciones que ayudarán a seguir alumbrando el estudio de territorios volcánicos como el nuestro. Los científicos han sido uno de los cimientos primordiales del plan especial de actuación ante esta emergencia que se ha prolongado tres meses. Ha sido merecidamente destacada la unidad de acción de todos los estamentos públicos y privados y la ola de solidaridad que brotó desde el primer momento tanto dentro como fuera de Canarias. El millar de efectivos desplegados durante la erupción, de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, UME, Protección Civil y equipos de intervención contra incendios forestales, Cruz Roja, voluntarios y personal de las instituciones locales y el Gobierno han dado toda una demostración de entrega y eficiencia.

Canarias puede sentirse orgullosa de los medios humanos con que cuenta para afrontar este drama y la sucesión de emergencias a la que ha debido hacer frente en los últimos años. La sociedad palmera ha de ser consciente y congratularse de su capacidad de respuesta y resistencia ante la adversidad puesta a prueba en esta ocasión extrema.

El final de la erupción es el principio de la reconstrucción. Toda la inmediatez con que se actúe a partir de ahora, al hacer efectivas las ayudas e inversiones, es poca. Las asociaciones de afectados demandan prontitud en el auxilio de las personas, comenzando por la vivienda hasta dotarles de medios para cubrir las necesidades básicas. Es un compromiso del Estado y de la Comunidad Autónoma. Si en otras catástrofes nacionales se ha pecado de lentitud en el cumplimiento de las aportaciones a los damnificados, en esta ocasión no caben excusas. Más de media docena de viajes del presidente Sánchez a la isla durante la erupción son suficiente aval del grado de compromiso de la Administración central, así como la continua presencia en la isla del presidente canario, Ángel Víctor Torres, en estos casi 100 días no permite dudar de la respuesta que el Gobierno regional está dispuesto a dar en la reconstrucción de La Palma hasta el último vecino que requiera ayuda y protección.

La Palma ahora es un símbolo y un termómetro. Es el símbolo de una tierra que había vivido alejada de los círculos de poder nacional. Por una vez esa inercia se vio favorablemente alterada, cuando la Moncloa tendió un puente directo con la isla del volcán. Símbolo también de un periodo de devastación en toda Europa y en todo el mundo, a causa de la pandemia de coronavirus, La Palma ha estado presente en los telediarios y redes sociales y medios de comunicación de este país y ha sido noticia internacional durante un trimestre de fuego y dolor. Ha estado en boca de todo el mundo, desde el Papa a dirigentes políticos y grandes celebridades. La fama mundial de la isla no ha sido en balde y, tras la desgracia, justo es que recoja ahora los frutos de esa notoriedad inédita en la historia de Canarias. Entre los objetivos de reconstrucción, ha de figurar el propósito de salvar la agricultura y el turismo, víctimas directas de esta erupción.

La isla será también un termómetro. Y las autoridades, tanto regionales como centrales lo saben, a la hora de medir la eficacia de la reconstrucción, el acierto de las medidas que se pongan en marcha desde mañana mismo. Estamos en el cierre de un ejercicio. El balance es terrible para la sociedad y la economía de la isla. El futuro que aguarda, tras este otoño volcánico, con los primeros días de enero que inauguran, esta misma semana, el nuevo año 2022, ha de ser de esperanza. Hay mucho en juego social y políticamente. La reconstrucción de La Palma es ahora una asignatura que ha de aprobar el Gobierno, en el último tramo de su gestión, y que ni la isla ni Canarias en su conjunto pueden permitirse suspender.

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