el charco hondo

El derbi

Cuando hay voluntad, y ganas, el acuerdo entre dos o más partes enfrentadas siempre encuentra camino —el diálogo y el agua tienen eso en común—. No hay discrepancia capaz de sobrevivir al consenso ni a la búsqueda de soluciones que, creativas e incluso desconcertantes, logren finalmente satisfacer a unos y otros. Hay que tener cintura, eso sí. Sobreponerse a posiciones encontradas, sustituyéndolas por razones en común, exige la participación de cerebros permeables y abiertos a propuestas de digestión lenta, y rompedoras, a ideas fáciles de descalificar cuando los prejuicios o la estrechez de miras dan un portazo al atrevimiento, a esa solución que pueda alejar el fantasma del fuego cruzado, las zancadillas subterráneas, la polémica o las balaceras que trae consigo el conflicto entre gobiernos —Ejecutivo regional y Ayuntamiento de Santa Cruz, por ejemplo— cuando la dirección general de Salud Pública desautoriza el recibimiento a los Reyes Magos en el Heliodoro Rodríguez López. Las desavenencias, más o menos públicas pero indudablemente notorias, tienen en el derbi (CD Tenerife y UD Palmas jugarán, en principio, el dos de enero) el punto caliente de la discusión, del lío. Innumerables voces se preguntan cómo es posible que los niños no puedan recibir a Sus Majestades si setenta y dos horas antes miles de aficionados estarán en la grada celebrando goles o gritando al árbitro. Hay quienes, desconcertados, consideran contradictorio (epidemio-ilógico) que a los chiquillos les cierren las puertas que abrieron a los aficionados. Según el Gobierno de Canarias, con el nivel de restricciones decretado es inviable recibir a los Reyes; sin embargo, los responsables de Sanidad seguían ayer sin poner el cascabel al gato de fútbol. Apelando al espíritu de estas fechas, de paz, concordia y buenos deseos, deberían ambas partes —gobierno y ayuntamiento— darle vueltas, las que hagan falta, para ahorrarse malos rollos a estas alturas de año y destapar una solución que contente a niños y aficionados. Se me ocurre una manera de dejar contentas a todas las partes, una fórmula para que Gaspar, Melchor, Baltasar y los jugadores no pisen el césped con las gradas vacías: aplazar tres días el partido. Con las explicaciones gubernamentales sobre la mesa, cabría plantearse que si el derbi se jugara el cinco de enero los niños podrían recibir a los Reyes Magos en el Heliodoro (con la excusa del fútbol, podrían entrar en el estadio y saludarlos en el descanso). ¿A qué están esperando?, ¿por qué no juegan el derbi el cinco de enero? Algún mustio tachará la propuesta de sinsentido; vale, pero, en fin, qué fue de las cosas con sentido. Ahí lo dejo.

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