el charco hondo

El efecto Ayuso

Ni canta ni baila, pero no se la pierdan. No hay medio de comunicación en este país que, antes o después, no haya dado por bueno que alguna vez The New York Times difundió tal afirmación con motivo de una actuación de Lola Flores en NY. La cita nunca se hizo, es falsa, pero tantas veces se ha aludido a la supuesta referencia que ha adquirido certeza. Este episodio con Lola Flores, y el sinfín de capítulos, análisis y radiografías que han acabado elevando a los altares a Isabel Díaz Ayuso (ni canta ni baila, pero no se la pierdan) convierten a ambas en un ejemplo -madrugador y tardío, respectivamente- de la posverdad, de la estrategia de imágenes proyectadas en las que la apariencia de verdad pesa e importa más que la propia verdad, dándosele a la realidad un valor secundario. El reinado de Lola Flores y el empuje de Ayuso comparten materiales de construcción. Ni cantan ni bailan, pero no se las pierdan. La presidenta de la Comunidad de Madrid, eficazmente guionizada, arrasó en las elecciones porque sus asesores leyeron con acierto lo que latía (y late) a pie de calle. El éxito del ayusismo radica en su transversalidad. El estado de gracia de la presidenta se sustenta en la decisión de situar los estados de ánimo, que la pandemia ha incrustado en el electorado, por encima de cualquier otra consideración. A las puertas de acumular dos años con el virus imponiendo su ley, conversaciones de cafetería, almuerzos de trabajo o reuniones de amigos confirman que el eje derecha-izquierda ha sido desplazado por otros discursos y banderas; a un lado, quienes ven en el aperturismo de Ayuso el ejemplo a seguir; al otro, aquellos que se muestran más precavidos o conservadores, y abogan por mantener e incrementar las restricciones. Alcaldes o presidentes autonómicos, y especialmente el gobierno central, conviven con la sombra de Ayuso, de ahí que prefieran que sean otros quienes pongan el cascabel al gato de los horarios, aforos y otras exigencias. A la espera de conocer qué decidirán en la conferencia de presidentes, huele a que el pulso político que se vive en Madrid (convertido por los medios de comunicación en escena patria) está condicionando las decisiones epidemiológicas del Estado. Ayuso ni canta ni baila, pero su sombra tiene a Casado a la deriva, dando tumbos, y a Pedro Sánchez cuidándose mucho de no regalar munición (restricciones excesivas, medidas antipáticas) a quien ni canta ni baila, pero a este ritmo podría acabar siendo candidata del PP a la presidencia del Gobierno de la nación.

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