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¿Elogio? de la vejez

Decía Alberto Cortez, paz descanse, que la vejez es la antesala de lo inevitable. Que es la más dura de las dictaduras y que está a la vuelta de cualquier esquina. Y añadía que la vejez es la más grave ceremonia de clausura de lo que fue la juventud alguna vez. Confieso que no conocía la canción, pero no se olvida la jodida letra ni de la bufanda ni de las zapatillas de cuadritos, iguales a las que me regaló una vez, en un cumpleaños, Juan-Manuel García Ramos porque esos borceguíes sólo se encuentran en la lagunera calle de La Carrera. Lo bueno de Cortez eran sus letras, tan atinadas, y si quieren tan pesimistas, pero en esta canción dice verdades como puños. Como cuando habla de la ternura como una tregua en el desierto. Yo no quiero escribir de cosas tristes porque luego me llaman los desocupados lectores y mi ocupada hija Cristina para decirme que ni yo soy viejo, ni tengo derecho a desanimar a los viejos que me leen, que deben ser legión. Así que no me atrevo a hacer más comentarios sobre la edad provecta, que parece que cada vez se alarga más, aunque con lo del coronata hayamos perdido un par de años de vida en el cómputo general del país. Pero que nadie me quite la ilusión de estar ante la frontera de lo inevitable, reposando sobre un colchón de laureles que yo mismo me he ganado a pulso. Hay una poesía preciosa que Emeterio Gutiérrez Albelo le escribió a Isidoro Luz, probablemente por encargo, y que habla de los hilos de plata que comienzan a asomar en el pelo de los elegidos. Es un poema que siempre me llamó la atención, porque confirma la condición del viejo y los síntomas que lo acompañan. Hay que ser optimistas, aunque no sean tiempos propicios para ello y no dejar que nos invadan la duda y el miedo, al menos antes de tiempo.

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