en el camino de la historia

Estudiantes, 200 libros

Se ha dicho por aquellos que transitan entre libros y bibliotecas que era necesario la lectura de 3.000 libros durante la vida de una persona para completar una formación adecuada, que acerque a la reflexión sobre cuestiones de su entorno, de la vida y del mundo en general.

Sin ese bagaje de libros, el individuo se encontrará sujeto a que le cuelen gato por liebre y a apartarse de la propaganda que acecha evitando que se tuviera una opinión personal sobre las cosas, no manipulada, y actuará en determinadas cuestiones con convencimiento de lo que cree es lo correcto, al menos desde su intimidad.

Y es imprescindible hacer una lectura razonada, reflexiva, si pudiera ser con lápiz para subrayar o acotar en los márgenes del libro, aquellos párrafos que nos dan luz y que en su búsqueda, pasado el tiempo, pudiéramos dar con ellos. O poner en práctica lo que recomendaba el profesor Tierno Galván: “Cuando se lee hay que hacer como las gallinas, que cuando una vez que picotean el grano tienen que elevar su gaznate para deglutirlo”.

En un estudio que se ha hecho sobre la cantidad de libros que poseen los universitarios en sus menguadas bibliotecas apenas se llega a 200, incluidos aquellos que conciernen a la carrera que están estudiando, que habrá que suponer serán al menos la mitad, durante toda su vida universitaria. Lo que nos sitúa en la impresión que manda más los artilugios artificiales y todo lo que les rodea que dar salida a la razón y al convencimiento intelectual.

Y este panorama, que es desolador, se podría sacar la lamentable conclusión que nos indica que nuestros universitarios obtendrán un título, pero estarán suspensos en formación universitaria.

Porque la formación universitaria no debe descansar exclusivamente en aquello que rodea a su titularidad, sino ir más allá, remarcando la concepción de universitarios, de universal, donde el día que se abandone la universidad se salga con un predicamento no solo apto para defender una determinada profesión, sino para tener argumentos sobre cuestiones de la vida misma, que para obtenerlos es fundamental la reflexión, la observación y, por supuesto, más allá de todo eso, la lectura.

El universitario no debe desarrollar su actividad académica en un compartimento estanco, en dejar atrás asuntos que directa e indirectamente inciden en su vida social, como es la política, o como es la cultura y la influencia que, sobre determinados asuntos, hacen los libros escritos en un sentido o en otro.

El universitario debe implicarse en la sociedad no solo ampliando sus estudios y reforzando su actividad profesional, sino que tiene que ir más allá con una proyección humanística que le ayude a sentirse valedor de sus propias decisiones y no dejarse conducir por cantos de sirena o por “papagayismos” insulsos.

Nuestros universitarios leen poco y tienen que hacerlo más; no para alcanzar los 3.000 libros de referencia , pero sí, al menos, que las lecturas complementarias, ajenas a su titulación, le acompañen durante toda su vida para que se conforme una personalidad que se titule “universitario”, para que cuando opine, que es su obligación, tenga la satisfacción de estar en el camino correcto.

Y, sobre todo, alejar ese viceanalfabetismo galopante donde poseyendo dotación profesional para una determinada materia, se es un ignorante para otras que tienen que ver con su desarrollo vital e intelectual, donde la única herramienta capaz de romper esa costra de indigencia sociológica es la lectura.

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