El charco hondo

Frozen

Hace tres o cuatro martes, allá por la década de los 90, los columnistas contábamos con un recurso para los días flojos, tardes en las que urgencias del periódico, contratiempos, cansancio o desgana imponían un menú de comida rápida, fast food, prisas que habitualmente se traducían en tener que peinar titulares o declaraciones, rastrear lo […]

Hace tres o cuatro martes, allá por la década de los 90, los columnistas contábamos con un recurso para los días flojos, tardes en las que urgencias del periódico, contratiempos, cansancio o desgana imponían un menú de comida rápida, fast food, prisas que habitualmente se traducían en tener que peinar titulares o declaraciones, rastrear lo que asomaba en la pantalla del ordenador y dar con algo o alguien que se prestara a un artículo de escritura rápida, rapidísima. Cuando el reloj te pisaba los talones o sencillamente cuando la cabeza y las baterías estaban bajo mínimos, las carreras aplastaban cualquier otra consideración, arramblaban con cualquier resquicio de enjundia, sustancia o profundidad (si es que alguna vez llegamos tan lejos, siendo como somos los periodistas un océano de sabiduría de un centímetro de profundidad). Afortunadamente, siempre aparecía un bote salvavidas, una declaración de algún cargo público u orgánico que, distraído o inquilino de una cabeza con pocas luces, se tiraba a la piscina con una afirmación que olía a carne de cañón. Aquello dejó de ser. Con la multiplicación de los gabinetes de prensa (¿qué cargo incluso microscópico no tiene a alguien pegado al pie?) el responsable público u orgánico rara vez dispara descamisado, cualquier declaración se somete antes a un control más o menos acertado de calidad argumental; de ahí que, a diferencia de lo que pasaba en los 90, ahora sea tan difícil dar con una afirmación que te permita escribir la columna en lo que te comes la galleta que ponen con el cortado. Sin embargo, a veces pasa. Cuando crees que aquellos tiempos no volverán, reaparecen. En Lanzarote, por ejemplo. Invitados por el grupo socialista a llegar a un acuerdo que garantice la gobernabilidad del Cabildo (puro teatro, porque lo tienen amasado), a la espera de conocer qué opinan sus bases, y tal, y tal, Podemos ha declarado con solemnidad y algo de alevosía que no apoyará al PSOE mientras la presidenta, Dolores Corujo, no se arrepienta de haber tenido relaciones con el PP. Tal cual. No quito. Ni pongo. La exigencia de arrepentimiento, folletinesca, colegial, y algo clerical, se adentra en lo absurdo dejando a su paso un olor a chorrada. Podemos se quedó a las puertas de exigir a Corujo un beso de amor verdadero -para descongelar a la presidenta, como en Frozen- que rompa con el maleficio de la derecha. El mensaje de Podemos es cómico, pero se les agradece que hayan resucitado el espíritu de los 90. Por lo demás, sabe la presidenta del Cabildo que Corujo nunca se arrepiente de nada y que, faltaría más, tiene en Podemos la rueda de repuesto del PP.