visiones atlánticas

Paisajes sentimentales

Por su juventud se encuentra Ignacio Zerolo en los inicios de su carrera artística y en una encrucijada, desde donde tendrá que optar entre los numerosos caminos que ofrece su trayectoria. Lo podemos ver en directo hasta enero, en la sala de la calle Isla de la Gomera 48, en Santa Cruz, donde nos ofrece sus “paisajes sentimentales”. Ignacio Zerolo (S/C Tenerife, 1976) es pintor soportado en su formación de arquitecto, que acabó en la Universidad Europea de Madrid y completó en Parma, donde concreta su pasión. Casado con Claudia Cólogan del Hoyo, son padres de Claudia, ahora con 13 años. En la ascendencia sus dos abuelos, el doctor Tomás Zerolo Fuentes, con 12 hijos de dos mujeres, los Davidson y los Sanz. Y su abuelo materno, Luis Díaz de Losada, urbanizador de la Playa de las Américas, con Rafael Puig y Antonio Domínguez Alfonso en el Sur y contratista de las piscinas de Martiánez en el Puerto de la Cruz, con César Manrique, también este abuelo con doble descendencia. Ignacio es medanero por su abuelo Zerolo, que llevó al Médano a los veraneantes de la Orotava. Prófugo de su infancia de donde proceden sus “paisajes sentimentales”. Otro “loco de la playa,” que diría Leocadio Machado, en cuyo frente de playa se situaron. Ignacio fue enviado a estudiar a Inglaterra, como lo fue en su día su abuelo Tomás, él a la London Oratory School. Los medaneros leemos el paisaje con sentimiento, paisajes cambiantes y móviles, donde la naturaleza es agresiva y dócil, de colores y sombras, luces, vientos, grises, rojos y azules, amarillos. Salidas y puestas de sol. Solsticios y equinoccios. Vientos del norte, sur y palmeros. Pertenencia. Ignacio Zerolo se asoma al paisaje con dudas, al paisaje de su imaginación, con la emoción de su pintura, secuestrado por lo que encuentra y traslada al espectador. Lo situamos en la posición de Anselm Kiefer (1945), neoexpresionista alemán que en sus paisajes ofrece análogas dudas. Caspar Friedrich (1774-1840), en el Caminante sobre el mar de nubes, nos situaba en sus paisajes románticos ante análogas encrucijadas, sometidas a la soledad del hombre ante la naturaleza. El inglés Turner (1775-1851) reacciona a la presencia humana diluyendo el paisaje. Como Zerolo, ante el volcán palmero, que ahora vivo, expresa el miedo de la presencia humana. Esta belleza es conceptual, como nos ofrece Gerhard Ritcher (1933) en su paisaje abstracto, crítica de la sociedad de consumo. Neoexpresionismo situado en las cercanías del surrealismo, donde se desborda el principio de expresión. Fijamos el tiempo en la eternidad del paisaje, lo soportamos en fines que no le son propios. Decía Juan Eduardo Cirlot que el arte se mueve entre dos pulsiones contrarias, la belleza de la serenidad y la fascinación por el abismo, como nos muestra Zerolo. Para Juan Manuel Bonnet, el “surrealismo” es ingrediente sustantivo de las realidades canarias. Donde enlazamos a Zerolo, con dos artistas canarios cercanos. Juan Carlos Batista (1960), desde su expo en el TEA en 2016, Realidad casi Humo, como señalaba Eduardo Westherdall en Gaceta de Arte 1935 hablando del surrealismo, “el gas es el perfecto vehículo del sueño”. Que encontramos en las “habitaciones inundadas” de Santiago Palenzuela (1967), alegoría del espacio doméstico que añora, pero que la sociedad globalizada ya no admite. Zerolo aborda el conflicto de “Isla Cárcel- Isla Horizonte” desde una espiritualidad compleja, desde la angustia por la existencia. Es pintor español como Cristino de Vera, Manolo Millares, Oscar Domínguez, Juan Carlos Batista, nocturno, pesimista y espiritual. No como Oramas, Néstor, César Manrique y Santiago Palenzuela, que son sensuales, vitales y luminosos, pintores atlánticos. No temen la presencia de la naturaleza humana, como se anuncia silente en la obra de Ignacio Zerolo

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