tribuna

Transnacionalismo

Algunos sociobarómetros de finales de 2021 empiezan a dar malas noticias, que habrá que contrastar científicamente -aunque por el humo se sabe dónde está el fuego, y no hace falta demasiado olfato para atisbar lo que se nos viene encima- para el nacionalismo canario en general, con una CC y una NC que bajan o se estancan, respectivamente, mientras los partidos españolistas mayoritarios acentúan su polarización y hegemonizan los votos de los ciudadanos, además de aparecer fenómenos peninsulares importados, como es el caso de la emergente Vox. Todo ello acompañado por unas campañas mediáticas en las que los fenómenos políticos locales, léase el caso canario, quedan fuera de toda la dialéctica del papel, la voz y la imagen de los medios de comunicación foráneos, con lo que esa ausencia significa para los lectores, la audiencia y la televidencia insulares de alejamiento del debate cercano de su territorio y de sus verdaderas opciones electorales.

Situados en nuestro Archipiélago, en el ámbito del nacionalismo canario, no se han podido cerrar las heridas entre CC y NC abiertas desde 2005 y las llamadas a la unidad desde el PNC no han sido ni oídas ni atendidas.

Los liderazgos de esas dos grandes organizaciones nacionalistas están impregnados de recelos viejos y de conductas muchas veces infantiles, los fulanismos y sus antiguas rencillas, con el pleito insular siempre agravando posibles acercamientos y el insularismo centrífugo al acecho para deshacer cualquier intento de crecimiento de una auténtica estructura de organización nacional.

En ese contexto, se sitúan, además, unas élites económicas acomodaticias, lo que el profesor José Ángel Rodríguez Martín denomina la «burguesía consular», que no parecen apostar por las opciones nacionalistas en reserva y se arriman siempre a caballo ganador, en especial, al caballo que gobierne en Madrid en cada momento.

A ello hay que añadir que los alcaldes nacionalistas, por regla general, mis respeto a las excepciones, pocas, no hacen entre sus vecinos divulgación ideológica nacionalista, algunos casi se avergüenzan de profesar esa ideología, lo que impide cualquier crecimiento de base política efectiva. Años y años perdidos durante el cuarto de siglo de gobierno nacionalista en la cúspide de nuestra autonomía y de buena parte de nuestros cabildos.

En otra dimensión, las recetas universalistas, cosmopolitas y globalistas, puestas de moda en el debate intelectual internacional, estigmatizan y hasta criminalizan, en muchos casos, a los nacionalismos, sean de la índole que sean, aunque algunos de esos nacionalismos contengan las bases lógicas que defendemos desde el ejemplo canario, un esfuerzo capaz de impulsar un autogobierno fuerte y un proceso de autolegislación consecuente para una nación canaria situada en el Atlántico medio, con ventajas y desventajas estructurales que le exigen la potenciación de reflejos políticos excepcionales, y sin que esa potenciación suponga rupturas con otras estructuras como pueden ser el Estado español o la UE, pero sí que exija definir muy bien en qué deben consistir esas relaciones y hasta dónde deben llegar, pues en estos momentos leyes básicas como el Estatuto de Autonomía y el Régimen Económico Fiscal, en lo que se refiere a la legislación estatal, y el artículo 349 del Tratado de Funcionamiento de la UE, en lo que se refiere a la legislación supraestatal, o no respetan nuestros derechos nacionales canarios o no llegan a cumplir los objetivos para los que esas leyes básicas fueron creadas tras duras negociaciones y posteriores acuerdos muchas veces puestos en entredicho.

Otro fenómeno extraño y que da pie a pensar en el imparable resquebrajamiento, si quieren lo llamamos «transformación», de la ideología nacionalista canaria actual es la suave aparición y el padrinazgo furtivo desde los partidos nacionalistas canarios mayoritarios de algunos conceptos como el de «canarismo», que al parecer intentan pasar por la cernidera del rancio regionalismo las aristas menos gratas de un nacionalismo que parece que empieza a acomplejarse hasta de su mismo nombre.

Veremos qué pasa.

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