por qué no me callo

Y a la séptima o la octava nos encontrará la luna

El virus se ha vuelto un clásico como la lotería o el paso de un cometa con fecha cíclica. Desde 2020, el año de la máscara y del síndrome Flaubert (ya bicentenario), no hay Navidad sin ola de COVID y es posible que se instaure la costumbre a poco que el SARS-CoV-2 derive en catarro común o gripe estacional, sin excluir su letalidad correspondiente, como acaba de notificar Reino Unido, que ha pasado de su fallido día de libertad con una dosis a este infierno con supuesta inmunidad de rebaño.

La experiencia nos enseña que las cosas de la salud se incorporan a la mochila cívica y ya a nadie extraña que, en vísperas de fechas tan sensibles y emotivas, debamos mentalizarnos para restringir encuentros concurridos y cónclaves más o menos populosos de arraigada tradición cultural.

La ómicron ha venido a darnos la puntilla con la puntualidad británica de sus cepas contagiosas, fiel al síndrome navideño de coronavirus, y la escalada de casos diarios que registran las Islas abona la tesis de que la historia se repite en un déjà vu viral inextinguible. La vacunación no es óbice para reeditar escenas del año pasado, con los titubeos respectivos sobre la cabalgata de Reyes y el refectorio familiar y empresarial. El plató de la pandemia no es de buen gusto, llueve sobre mojado, hemos sacado la tramoya del estado de alarma fuera de contexto, esta vez sin confinamiento ni toque de queda. No es un maquillaje irrelevante, en un año hemos pasado de unas Navidades sin vacuna, a pelo, a estas con teórica inmunidad de rebaño.

La primera dosis de la pandemia en España la recibió Araceli Hidalgo, de 96 años, en una residencia de Guadalajara. La misma mujer, todo un símbolo de la pócima contra la COVID en este país, recibió ya el tercer refuerzo de Pfizer BioNTech. Su supervivencia estimula pese a las dudas profilácticas del suero, cuya primera remesa pediátrica llegó ayer a las islas.

Es una Navidad más entre algodones, pero esta vez en las calles e interiores de Canarias no se respira el miedo paralizante de entonces, cuando a la plaga se le hacía frente sin armas ni bagaje, y ahora es inevitable cierto exceso de confianza, que ha derivado en un compás de relajación en las medidas artesanales que tan eficaces se rebelaron entonces, como la mascarilla, la distancia social, la higiene de manos y la ventilación. Aunque aparenten una cutrez en plena era vacunal.

Ha faltado la pedagogía de la inmunidad idealizada para no llamarnos a engaño con la falacia de que la vacuna pertrecha contra el virus como una puerta blindada. Esta sexta ola se nos ha colado de rondón, procedente de regiones con bajo índice de inoculados como África. Pero ni Alemania, ni Austria ni media Europa han dado la talla en las campañas de vacunación, jibarizadas por el ímpetu de las manifestaciones negacionistas.

No era coser y cantar, vacunarse y bajar la guardia. El virus ha seguido mutando y propagándose en las poblaciones más desprotegidas. El primer mundo paga caro su acaparamiento de viales y el rechazo a liberalizar las patentes de los sueros para un acceso universal al remedio.

Vendrán la séptima y la octava y la novena y la décima olas, como nos dieron las diez y las once, y las doce y la una, y las dos y las tres, y desnudos al anochecer nos encontró la Luna, como diría Sabina. No aprendemos.

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