tribuna

100 años de Ulises

Hace 100 años que se publicó el Ulises de Joyce. Así empieza un artículo de Juan Gabriel en El País que leo esta mañana. La novela fue una auténtica revolución literaria. La mitad de los lectores creyeron estar ante una obra maestra y la otra mitad se quedó sin entender nada. Sospecho que debe seguir siendo igual, pero lo cierto es que hoy proliferan las escuelas literarias y los buzones digitales de las editoriales se llenan de propuestas de originales que pretenden sorprender. El algoritmo utilizado por las empresas de edición no tiene en cuenta el modelo del Ulises para hacer la selección de lo publicable. Todavía hay quien toma el ejemplo de Madame Bovary, o últimamente de Cien años de soledad, o de Pedro Páramo, en las cercanas letras en castellano, y en lo demás, después de Apocalipsis now, está la sombra alargada de Joseph Conrad con su Corazón de las Tinieblas. Todo esto me sirve para analizar el proceso lento de lo revolucionario. Joyce se presentó como una novedad rompedora y todavía no ha terminado de cuajar como tipología de un género. He leído el libro de Joyce varias veces y en cada ocasión me convenzo más de que su novedad no es tal, porque me encuentro ante un viaje, que es la constante más recurrente de la escritura después de que Homero nos presentara la Odisea de Ulises, del que toma nombre la obra del irlandés. Un viaje sin salir de Dublín, aunque el autor, para escribirlo haya estado recorriendo Europa mientras lo hacía. Una expedición sin salir de casa es realmente la literatura, tanto para el autor como para el lector. La excursión por los alrededores de Argamasilla de Alba en la que hace pasear Cervantes a sus personajes en don Quijote de la Mancha. No hace falta ir demasiado lejos para retratar la odisea de la existencia humana, que es de lo que se trata. Siempre hay algo que contar a la vuelta de la esquina. La historia del libro me lleva a que las revoluciones son largas y tardan demasiado tiempo en cuajar. Algunas terminan siendo fallidas y otras penetran en las sociedades y se instalan definitivamente sin que nos demos cuenta. Eso tiene lo colectivo, que se impregna de las cosas nuevas mediante un procedimiento de ósmosis, a pesar de que cada individuo tenga una novela escondida debajo de la almohada. Ahora se anuncia que el protagonismo del mundo se sitúa en otro lugar, en el que se refugia una mayoría anónima con miles de millones de ciudadanos, una cultura milenaria y diferente que se ha impregnado de algo tan occidental como el marxismo, ubicado geográficamente en el lugar donde nace el sol y en enfrentamiento con el contrario, donde se produce el ocaso cada día. ¡Qué más da! El sol seguirá su camino implacablemente aparente, porque somos nosotros los que nos movemos, y ese sentido rotacional no va a cambiar porque una masa humana pretenda que gire al revés. Por eso no me preocupa que los imperios cambien de posición. Al final todos los países somos vestigios de imperios perdidos, de etapas agotadas, y no pasa nada. La gran masa está por encima de eso, aunque sea testigo de una decadencia que Spengler anunció hace ya muchos años. Mi madre decía que, gobernara quien gobernara, seguiríamos comprando el pan en la tienda de la esquina de casa, y no le faltaba razón. Todo lo más que puede pasarnos es que llegue un día en que nos lo acerque un dron o lo pidamos a través del móvil y lo paguemos por bizum. En el fondo, seguiremos siendo los mismos, cruzando el paso de peatones mientras miramos la pantallita de nuestro Samsung Galaxy, igual que antes lo hacíamos con los auriculares del radio cassette escuchando a los Beatles. ¿Y qué si los chinos se convierten en los líderes de la fabricación de coches eléctricos? ¿Qué importa eso en un mundo dominado por la invasión digital? Tendría que nacer un nuevo Joyce para presentarnos otra estética donde Molly Malone pueda pregonar el pescado a las puertas del barrio. Quizá en ese redescubrimiento consista la salvación de todo lo que estamos dejando atrás. Pero me temo que el mundo se dividirá en tres, igual que hace 100 años: los que se sorprendieron con el Ulises, los que lo tiraron a la papelera y la inmensa mayoría que no lo leyeron y además pensaron en no hacerlo nunca.

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