El charco hondo

Pollaboba

No ha sido una vez, ni dos; fueron tres, las veces que Asier Antona (senador autonómico, del PP) llamó pollaboba a un ministro. Aliviaría, algo, quizá, un poco, tal vez, o no, que el insulto se dejara justificar, algo, quizá, un poco, tal vez, o no, enmarcado en el acaloramiento del momento, en la subida […]

No ha sido una vez, ni dos; fueron tres, las veces que Asier Antona (senador autonómico, del PP) llamó pollaboba a un ministro. Aliviaría, algo, quizá, un poco, tal vez, o no, que el insulto se dejara justificar, algo, quizá, un poco, tal vez, o no, enmarcado en el acaloramiento del momento, en la subida de tensión de un debate parlamentario. Ojalá llamara pollaboba a un ministro en unas circunstancias atenuantes para explicar, algo, quizá, un poco, tal vez, o no, cómo Asier Antona bajó al trastero de la mala educación, el insulto y la falta de respeto. Pero, no. Desgraciadamente, lo suyo no fue improvisado. Quería decir lo que dijo, lo premeditó. No se les escapó. Iba en el guión, en la partitura con la que bajó de la cama. Pensó, o alguien por él, que llamando pollaboba a un ministro el eco de su hazaña recorrería el país, especialmente el territorio orgánico e informativo donde, al parecer, Asier Antona quiere hacerse un nombre, y un hueco, insultando a un ministro que, como él, hace cosas para llamar la atención, punto final, fin de la cita, hacerse notar, fin. Ojalá se le hubiera escapado para, acto seguido, disculparse; pero, no. Midió. Concibió. Ejecutó. Concluyó que cayendo bajo llegaría alto. Pensó (qué lástima) que la pollabobada sería bien recibida por tertulias o cargos orgánicos que, adictos a la bronca imperecedera, compran con facilidad los excesos de quienes aspiran a un minuto de gloria o a salir del anonimato. Insultar está chupado, lo hace cualquiera. Argumentar es otra cosa, requiere más trabajo. Asier Antona apuesta, al parecer, por prestigiarse en el lado más bronco del PP. Es una opción. Hay otras, pero lo del insulto da pistas. Una pena. Ojalá se le escapara, y no. Ojalá se disculpara, y tampoco. Con el insulto pierde el tren de las razones de fondo, paga ese precio. Como senador autonómico, luego, representando a la Cámara regional, debiera evitar la reincidencia. Da igual qué ministro o de qué partido. Poco importa qué ha dicho o hecho. La educación general básica deja bien claro que insultar es mala cosa, qué decir cuando se ocupa un cargo público en representación del Parlamento de Canarias. Aliviaría, algo, quizá, un poco, tal vez, o no, poder enmarcarlo en el acaloramiento de una discusión. No fue el caso. Qué lástima. Qué pena. Qué necesidad de caer bajo para llegar alto.