tribuna

¿Quién teme a la COVID?

En el álbum familiar de los dos últimos años las fotos preservan la intimidad para las imágenes captadas en los confinamientos entre cuatro paredes de la casa de cada cual y apenas figuran rostros sonrientes o ademanes de jolgorio. No son fotos de guerra propiamente dichas, según la idea convencional que tenemos de los conflictos y las trincheras o de los campos de concentración. Pero el relato visual de estos años se parece a un largo duelo.
Empecé la trilogía de la pandemia en la primera cuarentena de 2020, y esa entrega, El libro del confinamiento, salió publicada en nuestra edición digital, con la oportunidad de ser la primera aportación del género en este país. Inicialmente, iba a ser una obra única, pero la plaga se prolongó y al año siguiente, 2021, dimos a la luz, con la ayuda de nuestro diseñador Jesús Rodríguez, El año de la máscara. De manera que hemos ido elaborando una serie testimonial a medida que avanzaban los acontecimientos. Y con esta misma inercia, llegamos a 2022 aún con las velas desplegadas navegando las mismas aguas que desde hace dos años con la amenaza permanente de naufragio. Vacunados. Nace el homo pandemicus es el libro que cierra la trilogía, y del que hoy publicamos en esta edición un adelanto. La historia no está acabada ni su relato, y, en mitad de la sexta ola, desbordados por la insurgente ómicron, que ha provocado en las islas en apenas tres meses más contagios que el resto de la pandemia, tuve que empezar a reescribir la desembocadura del gran siniestro global sin garantías de estar, por fin, en sus postrimerías definitivas.
La pandemia de nuestras vidas ha operado ya toda una transformación sociológica de Canarias, de España y del Mundo. Con la experiencia vital y dramática de este bienio en las Islas, desde la saga de incendios forestales de última generación, las tormentas de calima, el virus y la erupción del volcán de La Palma, podemos decir que venimos de presenciar la película de un ocaso en tiempo real sin que las últimas imágenes ni los créditos hayan aparecido en la pantalla. Todavía a estas alturas estamos con el alma en vilo, contando muertos y supervivientes.
Una macabra estampida de virus nos ha mortificado desde hace dos años. Y el cariz de estos tiempos se ha contagiado del horror circundante. Aun no hemos colocado la bandera en la cima de la montaña para anunciar el desenlace de la pandemia y el comienzo de la reconstrucción, y ya se alimenta una nueva alarma destructiva, esta de carácter convencional, entre las potencias deseosas de volver a escena, con sus cuentas pendientes y el doble rasero de sus intenciones. Estamos hablando, como ha dicho la ministra canaria de Sanidad, Carolina Darias, de que la curva de la sexta ola se está doblegando en España, y en Europa suenan tambores de guerra.
Con el puñal en la garganta de las democracias occidentales, como diría Biden, un populismo negacionista jalea los ardores guerreros de Putin. Y los líderes se insultan y desafían con todo el despliegue de tropas e improperios de que son capaces. No en balde Biden ya había debutado en el cargo llamando a Putin por su nombre: “Asesino”. No están los ánimos para ser optimistas sobre el curso de la historia a la vuelta de la esquina, cuando, si la OMS y Sánchez tienen razón, la peste se volverá, en pocas semanas, una gripe.
En este tercer libro de la pandemia, en cuya elaboración avanzo a la espera del epílogo de los años negros, abordo el fenotipo del homo pandemicus, la mutación en que hemos derivado por efecto del virus. Una nueva versión de nosotros mismos, que ha sufrido transformaciones inusitadas en los hábitos, comportamientos y modos de pensar. Sin margen de maniobra, dejamos la sociabilidad fuera de uso, lo que más nos caracterizaba, para sumirnos en el solipsismo y la misantropía. Dejamos de darnos la mano, de abrazarnos y de sonreír en público detrás de la máscara. Mandamos callar a los coros para evitar los aerosoles letales. Hicimos de la vida cultural un conciliábulo de espectadores minoritarios y aprensivos. En general, nos encerramos en nosotros mismos, temiendo al otro, evitando el contacto humano. Nos negamos como sociedad colectiva. Y en este nuevo encavernamiento, afloran miedos encadenados en la hélice del tiempo: futuras superbacterias resistentes a los antibióticos, decenas de miles de virus a cual más temible, enfermedades por doquier y una espada de Damocles que atemoriza al mundo desde que la ecología se universalizó: el cambio climático. Pero antes de que estalle de modo irreversible ese apocalipsis que denunciaba con ira una niña en la ONU cuando el virus no había asomado por el horizonte, los demonios familiares de las potencias se encargan de alimentar el odio y el terror a su escala favorita: la guerra.
Vienen tiempos, por tanto, de metamorfosis en un doble sentido, de reconstrucción y bestialidad. Nadie es capaz de hacer un pronóstico. Si viene el mundo de Biden o el mundo de Trump. Si el botellón de Boris Johnson tomará la calle o serán los tanques de Putin. Si los Capitolios de las democracias occidentales serán asaltados en serie o el negacionismo y la ultraderecha quedarán al margen del poder y el capitán de este barco nos llevará a buen puerto sin renunciar a la libertad. Ningún médico del mundo sabría decir en qué estado de lucidez pasaremos los próximos años tras vivir noqueados estos dos últimos, cómo gestionaremos los fondos del Next Generation, y si lo sórdido y deprimente, como dice Javier Marías, seguirá proliferando, incluso más que el ruido y la furia que Shakespeare asignaba a la Edad Media. Nos quedaremos con lo que piensa Woody Allen: “La gente tiene miedo a enfrentarse al hecho de que gran parte de la vida depende de la suerte”. Así que buena suerte.

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