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Urdangarin

Iñaki Urdangarin se ha enamorado. Tiene derecho. El exmiembro de la familia real por su matrimonio con Cristina de Borbón se ha enamorado de una joven llamada Ainhoa Armentia, que ha saltado a la fama sin quererlo. Está casada, según creo, y es madre de dos hijos. La nueva pareja tiene perfecto derecho a su intimidad, pero la asquerosa prensa del corazón ya la rodea e intenta herirla con su zarpa. El lector y el televidente español están ansiosos de sangre de manera permanente. El sistema nacional de prensa rosa es especialista en destrozar todo lo que encuentra, así que no me extraña que los novios terminen hartos de tanta bazofia, escrita y televisiva sobre todo. Y también las redes contribuyen con entusiasmo a sacar los hígados a quienes tengan algo de notoriedad y deseen rehacer sus vidas. Aparentemente, Cristina, que tiene cuatro hijos, se portó de manera ejemplar durante todo el proceso judicial de Urdangarin. Y tampoco quiso renunciar, como le pidió reiteradamente su hermano Felipe, a sus derechos dinásticos. Hizo bien, son suyos. Pero para saber lo que ocurrió sentimentalmente en la pareja será preciso escucharlos a ambos y ese gusto no se lo van a dar a los plumillas perezosos, que esperan horas a que se abra o se cierre una puerta; porque los protagonistas son gente educada. Y, si no, fíjense con qué corrección habló Pablo, uno de los hijos de Cristina e Iñaki, a una reportera que lo cazó en plena calle. “Son cosas que tendremos que arreglar entre nosotros”, dijo. La prensa rosa, que maneja millones de euros, quiere carnaza. Espero que Iñaki y Ainhoa no caigan en la trampa. Y que sean felices. Si es preciso, que paseen por Biarritz, donde la prensa es más respetuosa que la de España, un país en donde el periodismo, cuyas publicaciones rosa consume un público analfabeto funcional, cada día se revuelve más en su propia mierda. Qué asco.

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