el charco hondo

El vértigo ajeno

Japón, en particular, y los países asiáticos, en general, llevan una eternidad poniéndose la mascarilla como quien al salir de casa coge un jersey, las llaves, el bolso o la cartera. Antes de que la pandemia obligara a taparnos boca y nariz, sorprendía (y desconcertaba) la escena de los asiáticos con la mascarilla puesta en museos, aviones y espacios cerrados. Ignorantes, piel adentro creímos que estarían enfermos, recién operados o con patologías severas, vulnerables. Más tarde descubrimos que la mascarilla forma parte de su paisaje hace décadas -siglos, incluso-. La forma de relacionarse o usar los espacios, y la manera en que viajan, siempre han tenido en la mascarilla un complemento normalizado, como la bufanda o las bermudas en distintas latitudes. Cuando alguien está enfermo, por respeto al otro se pone la mascarilla; lo suyo ha sido, desde siempre, un ritual de autoprotección, una práctica colectiva desinteresada. No hace falta que las autoridades se los exijan o no. A diferencia de los españoles, los japoneses -y los asiáticos, en general- se ponen la mascarilla por convicción, por hábito, por decisión personal; no necesitan que un ministro les exija que se la ponga, o quite. Al parecer, nosotros sí. Necesitamos que el gobierno imponga el uso de la mascarilla, de ahí el vértigo ajeno que sufren quienes se alarman, y ponen el grito en el cielo, porque a partir de hoy dejan de ser obligatorias en exteriores. En ningún momento se ha dicho que sea obligatorio quitárselas, ni que vaya a multarse a quienes decidan continuar llevándolas. Cuesta digerir que las voces que criticaron en diciembre el regreso a la obligatoriedad, ahora carguen contra la eliminación de tal exigencia. Quienes crean que es demasiado pronto para quitarse la mascarilla pueden seguir llevándola -relájense, no serán sancionados-. Por lo demás, para su tranquilidad deberían caer en la cuenta de que, muy probablemente, la mascarilla se incorpore por los siglos de los siglos al listado de cosas que cogemos al salir de casa. Pinta que cuando acabe la pandemia, en museos, aviones y algunos espacios cerrados no solo los orientales irán con mascarilla. Coger un paraguas, abrigarse o ponerse mascarillas serán decisiones que se incorporarán a nuestro paisaje diario; y, como somos adultos, no hará falta que el gobierno nos lo diga cuando bajemos de la cama. Aunque algunos lo hayan olvidado, somos mayores de edad, perfectamente capaces de seguir llevando la mascarilla incluso sin que sea obligatorio. Cosa diferente sería que a partir de hoy fuera obligatorio quitársela, no es el caso; escuchando algunas voces lo parece, pero no.

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