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España cañí

El espectáculo que están dando por ahí algunos parece no tener fin. Y los canales de televisión hostiles, esos que siempre están cabreados, hacen su agosto. No hay nada más feo que un periodista cabreado. Y en España los vemos a centenares, salen de debajo de las piedras. Una profesión que debe generar serenidad y equidad se ha convertido en todo lo contrario: en un conjunto de personas enfadadas que hacen y dicen disparates. No vivimos los mejores momentos en la política española aunque ya les he dicho a ustedes que rara vez hablo de política. No me gusto cuando hablo de política, pero es que ahora no se puede poner la televisión, ni escuchar la radio. Porque se te aparece el monotema. Yo elegiría presidenta del PP a la Marquesa de Casa Fuerte, o sea a Cayetana Álvarez de Toledo, y vicepresidenta a Ayuso. Y a Miguel Ángel Rodríguez lo haría secretario general. Y ascendería a mariscal de campo a Feijóo. Y le declararía la guerra a Andorra. Total, puestos a cometer disparates, cometámoslos muy grandes. Es la España cañí, la España de siempre, la España de Rinconete y Cortadillo, del ciego Gaudencio y de la madre que los parió. Hace tiempo, durante el aislamiento, que no veo sino fútbol. He vuelto al fútbol y me cabreo con el fútbol, pero así no pierdo el tiempo en ver cómo cuatro bobos y cuatro bobas se cargan al país. Por primera vez en mi vida, o por segunda, no me sé los nombres de los ministros. Y no me interesan los gritos de Ferreras en la Sexta, ni el sectarismo de su señora esposa. Nada, a la mierda, como diría el gran Fernando Fernán-Gómez. Por cierto, dicen que el actor lanzó una vez a una piscina al cronista social Jesús Mariñas, porque le molestaba. Yo tiraría a la piscina a unos cuantos más para que refrescaran sus ideas. Este país no tiene remedio.

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