tribuna

La justicia divina

La duda es la salvaguarda a la fe inquebrantable. Creer en las cosas en tanto que son posibles es una buena posición para aceptar el blanco o negro de las afinidades, al fin la sociedad siempre se parte en dos y una mitad afirma lo que la otra niega. Así funciona. Esto pasa con lo que se ve, imaginen lo que ocurre con lo que no se ve. Dios, por ejemplo, tiene partidarios entre los conservadores, apegados a la tradición de las cosas sublimes de siempre, mientras que sus negacionistas defienden una supuesta racionalidad que supera a los pesados vínculos de la historia: vamos, que es más moderno. Es más de derechas recurrir al anticuado castigo de Dios, entre otras cosas porque es la apelación a un juicio inamovible que está por encima de las sociedades cambiantes y evolutivas que quiere construir el progresismo, donde las leyes se pueden cambiar y alterarse los sistemas en busca de las garantías de derechos más universales. En este aspecto la justicia del cielo, igual que el asalto de los mismos son referencias que deben estar lejos de quienes proclaman hallarse incursos en la más rabiosa actualidad. Yo hace tiempo que dudo de que la verdad exista, porque solo es un híbrido fabricado a conveniencia de las circunstancias y puede medirse mediante procedimientos estadísticos, igual que en la física cuántica situamos a un electrón en su órbita girando en torno al núcleo. Todo es relativo, hasta Einstein lo es, por eso no me atrevo a decir que tengo a la verdad en mi poder situándome a un lado o al otro del espectro. ¿A qué verdad me estoy refiriendo? Porque la de unos nunca va a ser igual que la de los otros. Sin embargo, parece que sigue existiendo la exclusiva e indiscutible y a ella se recurre cuando los argumentos de lo terrenal dejan de funcionar y no queda más remedio que buscar el amparo de la justicia divina. Esto es lo que ha hecho el ministro Bolaños para explicar lo ocurrido el pasado jueves en el Congreso de los diputados cuando se votaba la reforma de la reforma laboral. Las trampas salen, ha venido a decir, como si fueran niños jugando a las canicas. El espectáculo me recordó a una técnica de los boliches que se emplea también en los fuegos artificiales. Se llama coronilla y consiste en conseguir cierto efecto rozando la parte alta de la bola al ser golpeada por otra. En pirotecnia es una rueda que gira y sube para luego bajar, y cuando parece que está llegando al suelo remonta y vuelve a subir para asombro de todos. Esto fue lo que ocurrió en el Parlamento: la euforia se repartió por las dos bandas y cada una disfrutó de su verdad durante el tiempo necesario. Lo que ha pasado después es producto de la insensatez. Los efectos conseguidos con la intervención de la mano de Dios están ahí. Alguien celebra exageradamente su victoria pírrica, donde han quedado en evidencia sus auténticas debilidades mientras otros se lamentan de no haber conseguido los efectos totales de su cálculo maniqueo. Ambos están protagonizando un debate inútil, porque lo único que consiguen es delatar la inconsistencia ridícula de los hechos. Dejemos de buscar la verdad allí donde solo existe la fidelización del clientelismo. Para unos siempre será blanco lo que para otros es negro. Todavía no han aprendido que el contraste del claroscuro es una forma muy acertada de representar la realidad, como hacía el Caravaggio. Lo que no me esperaba era que el campo de batalla de la política se convirtiera en el terreno donde se celebraban las justas medievales, en la época de Ricardo Corazón de León, y tuviéramos que recurrir al juicio de Dios para ver de parte de quién estaba la razón. Ojalá las cosas se arreglaran así, y el conflicto de Ucrania se resolviera en un encuentro personal entre Putin y Biden, como si fueran Ivanhoe y el caballero negro, o Sánchez y Casado se citaran detrás de la catedral como D’Artagnan y el jefe de la guardia de Richelieu. Otro gallo nos cantaría y los periódicos dejarían de decir tonterías para convertirse, como el Marca, en la única prensa seria del país. Lo más acertado que he leído es la referencia deportiva a la utilización del VAR, con la rectificación del árbitro para hacer subir el gol al marcador.

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