el charco hondo

Si te soy franco

Sería saludable que cuando se hable francamente sobre la retirada o no de la iconografía franquista, se haga bajando algo la voz, con los ánimos especialmente sosegados, propiciando una atmósfera de cordialidad. Con convicción y firmeza, pero sin empujones, tensión, balaceras argumentales y desprecios más o menos subliminales. Abordar los ritmos y el alcance de la retirada de la simbología, con la que el régimen empapeló tantas ciudades, nos pone a prueba. Si no somos capaces de hablar sobre el asunto sin levantar la voz o crispar el ambiente, si ocurre, y pasa, tendremos que concluir que no hemos aprendido nada. Con esa premisa, háblese. Hay que estar a la ley, faltaría más; pero, con ese punto de partida, el cumplimento debe avanzar dando voz a quienes merecen ser escuchados —sin excepciones, ni prejuicios—. Entre otras ventanas a las que he asomado para adentrarme en los ecos de la dictadura, hace un montón de años cayó en mis manos un libro sobre sus símbolos, personajes, leyes y costumbres —Lo que nos queda de Franco, lo titularon—. A Santa Cruz de Tenerife se le dedicaba un aparte, a su callejero, esculturas y símbolos de distinto corte; pocas ciudades, o ninguna, finalizaron la transición con un imaginario franquista tan urbanamente omnipresente, y si bien tiene lógica propagandística que los relatores del régimen se empeñaran en destacar el papel de Santa Cruz como casilla de salida de la sublevación militar, no la tiene que durante décadas, ya democráticas y constitucionales, la ciudad no se planteara emprender su propia transición, una actualización que dejara atrás la exaltación del dictador o la celebración de la dictadura, limitando la escenografía del franquismo a elementos de información, pura, y dura, sin exhibiciones ni provocaciones. Tan importante es cumplir la ley como ejecutar lo que exige sin levantar la voz ni cargar el aire con reproches, demostrando que hemos aprendido a discrepar con madurez y cintura; y, francamente, los decibelios que suelen acompañar las referencias o declaraciones sobre los vestigios franquistas confirman que sigue costando tocar esa tecla. En pocas o ninguna ciudad del país se da una concentración similar de elementos conmemorativos. Parece razonable concluir que hay tarea, decisiones por adoptar. Debe hacerse sin caer en excesos que francamente llevarían al absurdo; y, sobre todo, evitando confrontaciones extemporáneas.

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