guerra en ucrania

Una ucraniana, tras huir a Polonia: “Nunca olvidaré el sonido de las sirenas”

Maryana cuenta a DIARIO DE AVISOS cómo ha vivido, junto a su hijo de dos años, la invasión de Rusia; para ella, en realidad "llevamos en guerra ocho años"
Refugiados ucranianos abandonan el país a pie, provistos de varias maletas, en dirección a la frontera con Polonia | MICHAEL KAPPELER (EUROPA PRESS)

Los tambores de guerra sonaban desde hace meses, recrudeciéndose el panorama en las últimas semanas, aunque nadie creía que fuera “realista” que Putin, el presidente ruso, ordenara a sus tropas entrar en Ucrania, como hizo el jueves de madrugada. De esta manera se expresa, en declaraciones a DIARIO DE AVISOS, Maryana, una de tantas ucranianas que ha tenido que abandonar el país huyendo del conflicto. En su caso lo hizo junto a su hijo, de dos años, en una operación un tanto complicada, teniendo en cuenta los atascos que, desde el inicio de la invasión, se formaron en los pasos fronterizos.

Maryana habla con este periódico desde un lugar seguro en Polonia, donde ha hallado cobijo de los constantes bombardeos que sacuden las principales localidades de la nación del Este de Europa. A 80 kilómetros deja Leópolis, su ciudad natal. Afirma sentirse sorprendida por la rapidez de los acontecimientos: “Ayer [jueves para el lector] me sentía segura”, dice, hasta que se declaró el estado de excepción. Aunque admite que, a efectos prácticos, “nuestro territorio lleva en guerra los últimos ocho años”; los que han pasado desde que Rusia anexionara Crimea en un proceso cuestionado por los principales organismos internacionales.

Esta semana, según describe, “la gente estaba preparando” una posible marcha, aprovisionándose de alimentos, material de primeros auxilios, armamento o mochilas de emergencia. “Algunos, por razones de seguridad, trasladaron sus oficinas al oeste de Ucrania, como hicieron las embajadas. También se iban familias con niños pequeños, incluso algunas personas de Leópolis que conozco se trasladaron a algún lugar de Europa”, confiesa. No obstante, aclara que “no había colas” ni reinaba el “pánico”; “la gente intentaba hacer”, dentro de las posibilidades, “una vida normal, yendo al trabajo, a la guardería o al parque”.

“La noche antes de la invasión me fui a dormir como de costumbre, pensando que al despertarme pasearía al perro antes de ir al jardín de infancia con mi hijo”. Sin embargo, su retoño abrió los ojos más temprano, a las siete de la mañana. Sonaban las sirenas antiaéreas. “Nunca olvidaré ese sonido”, que, asegura, fue síntoma de que “mi miedo más fuerte se había hecho realidad”. “Abrí las noticias y vi: Invasión rusa, bombardeos en algunas ciudades, incluida Kiev. Y amigos de todas partes comenzaron a escribirme para ofrecerme ayuda”, relata.

El jueves, en Leópolis no hubo bombardeos, si bien las advertencias sonoras eran una constante. Imperaba la ley marcial, y los ciudadanos tenían que estar listos para correr a los búnkeres si era preciso. “Mi primera reacción fue de pánico, ya que estaba sola en casa con mi hijo de dos años. Luego me tranquilicé un poco y leí la información que iba llegando. En las primeras horas todo estaba muy desorganizado y, además, mi hijo estaba de mal humor. Todavía hoy sigue sin entender lo que está pasando”.

En cuestión de minutos tras empezar a retumbar las sirenas, su teléfono móvil se llenó de llamadas y mensajes: su marido acababa de aterrizar en Londres, donde tenía previsto hacer escala para viajar a Leópolis. “Pronto entendimos que la única forma de encontrarnos era Polonia”, considerando que el cierre del tráfico aéreo fue una de las primeras medidas llevadas a cabo por las autoridades. Y, tras un instante de shock, declara que “empecé a considerar seriamente la opción de dejar el país”, tarea para la que contaría con ayuda de unos amigos de Vilna (Lituania).

Reconoce que, al empaquetar sus cosas, no pudo aguantarse el llanto, puesto que le asaltaba una pregunta demasiado trascendental para contestarla de un momento para otro: “¿Qué trozo de tu casa te llevas?”. Ante la duda, optó por coger, principalmente, “muchos libros y juguetes para mi hijo, para que se sienta cómodo viendo sus cosas favoritas”, mientras que su casa serviría de refugio a unos conocidos de Kiev.

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