el charco hondo

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Sylvia cumple dieciséis años abriendo la novela, y para celebrarlo organiza una fiesta que sólo tiene un invitado; horas después tendrá un accidente que acelerará su aterrizaje en la vida adulta. Su padre, Lorenzo, es un hombre separado que trata de tapar los agujeros que le han abierto sus fracasos profesionales. Ariel Burano es un futbolista que deja Buenos Aires para fichar por un club español; y a Leandro, con muchos años sobre sus espaldas, el reloj le dice que saque jugo al tiempo. Sylvia, Lorenzo, Ariel y Leandro son los cuatro personajes de una novela de David Trueba, Saber perder. Estas pinceladas de un libro que leeré invitan a pensar en alto sobre el arte de ganar o perder en la vida, en el trabajo y, sin duda, en el fútbol, en la Liga, en los clásicos, en el último, días atrás, el domingo. Cero. Cuatro. Goles. Perder. Ser goleado en casa. Quedarse con la sensación de que la noche estaba para encajar cinco o seis. Dudar. Irse a la cama con la sensación de que lo del PSG fue un espejismo, una ficción que solo lo peor del mejor portero del mundo reconvirtió en realidad. Piezas de un puzzle. Imágenes de una tarde dominical. Goles. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Perder. Saber perder. Replegarse. Desaparecer de los chats. Los aficionados del Real Madrid sí saben perder. Su silencio del domingo a esta parte les honra. No han caído en la tentación de responder a las provocaciones. No han asomado. Han optado por desaparecer con elegancia, han enmudecido con educación general básica. Pudieron tirar de clasificación recordando que tienen la Liga al alcance de la mano, no lo hicieron, saben que lo que se jugaba no era el campeonato, son plenamente conscientes de que los puntos eran lo de menos, lo del domingo fue otra cosa, cuestión de honor, un duelo al atardecer, un test bajo la mirada del planeta fútbol, el partido, la tarde que queda en la retina, alimento para la hemeroteca. La novela de David Trueba bien podría incorporar a quienes han pasado estos días cabizbajos, evitando la conversación, mustios, desconcertados. Han sabido perder. Olé por ellos. Y hay que saber ganar. Dejarlo estar. No merodear sobre la herida, alejarse de la tentación de tocar las narices al goleado. Sería tremendamente fácil recurrir a la ironía, y no; o al sarcasmo, y tampoco. Dejarlo quieto emerge como la mejor decisión. No tiene sentido meter el dedo en la llaga. Pasó lo que pasó, punto final. Cinco días después algunos culés están todavía dando bola a lo del domingo, no hay necesidad. Ahí no me van a encontrar. Que no cuenten conmigo. Cero. Cuatro. Baño. Hemeroteca. Gol.

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