por quÉ no me callo

La válvula de escape

La génesis de este marzo que transita del invierno a la primavera en mitad de dos guerras, Ucrania y la pandemia, refleja la manera de suceder las cosas en lo que ya parece una época de sobresaltos. Nos hemos entregado a la histeria de los desastres y el caos, y ya no nos bajamos de ese tren loco que va como un tiro sin expectativas de llegar a estación alguna. En la calle Teobaldo Power, sus señorías debatirán a partir de hoy sobre el estado del mundo en lo que era el debate del estado de la nacionalidad.

La guerra de Ucrania se cronificó y la pandemia otro tanto. Entramos en la prolongación de los efectos de ambas eclosiones. Ni que decir tiene que hemos parado el reloj de la economía a expensas de lo que provean una y otra contingencia, las dos determinantes, a cual más perjudicial. De la COVID veníamos arrastrando dos años regresivos que no parecen llegar nunca al último puerto, ni en este 2022 ni quién sabe cuándo. Es un letargo de la máquina del tiempo y la vida. A saber en cuál de los universos gemelos estamos ubicados nosotros (uno va hacia delante y otro hacia atrás, según publicamos en la página 14). En ese paréntesis sobreviene una guerra de verdad con pronóstico reservado. Ahora blande en el aire una espada que lanza amenazas de toda índole.

El día mundial de la felicidad, que celebrábamos este domingo, irrumpió como un espontáneo en el ruedo de tales acontecimientos. Es una buena noticia en mitad del descalabro general, y aún cuando pasó desapercibida, el ciudadano al menos supo que en un lugar remoto como Bután, donde miden la felicidad nacional bruta como si fuera el PIB, alientan la idea de conmemorar la efeméride del bienestar. A esta inercia deberíamos sumar todas las iniciativas tendentes a cambiar la tendencia catastrofista que nos arrastra como caldo de cultivo de los peores reveses que nos pueden asolar.

La historia reciente está hecha de estímulos negativos, donde unos llaman a las puertas de otros creando una endogamia de pesimismo que nos invade y todo lo contagia. Esta no es la mejor racha de la historia, desde luego. Vivimos en vilo temiendo al siguiente susto y una psicosis de este tipo puede ser pasajera o también perpetuarse como los hechos que nos acompañan a nivel global. Una especie de carambola de contratiempos juega con nosotros a la ruleta rusa. Cómo evadirnos de una atmósfera de estas características que inunda el inconsciente colectivo y atenaza cualquier impronta de romper el círculo vicioso y buscar una salida a cada trance, es el mayor desafío de nuestro tiempo. Necesitamos una suerte de respuesta masiva desde todos los ámbitos que implique sabotear la constante energía negativa que nos invade con ayuda de economistas, teólogos, filósofos, poetas, psicólogos, budistas y pensadores de cualquier rama que aporten estrategias y sinergias contra el desánimo y el derrotismo que eclipsa en estos momentos al mundo.

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