tribuna

La visión desde el satélite

Me gusta mirar al mundo como si estuviera viendo un tablero de ajedrez: las fichas desplazándose por los escaques y yo, desde fuera, comprobando las posibilidades a largo plazo de las próximas jugadas. Es difícil hacerlo sin que te distraiga el guirigay de voces que están radiando el acontecimiento alrededor de donde ocurre. Entonces no me queda más remedio que incluir a los comentaristas en el conjunto del juego y tratar de analizarlo asumiendo también que estoy inmerso en el ruido que provocan.

El aislamiento total no existe, ni siquiera es posible la soledad del investigador en su laboratorio porque hasta él llegan las voces, las críticas, los beneplácitos y hasta los comentarios estúpidos de los negacionistas de turno que le advierten de que su trabajo no sirve para nada. Con todo, consigo sacar algunas conclusiones, siempre contaminadas por circunstancias y opiniones que solo pretenden empañar la realidad y, a veces, lo logran. Ahora estoy ante una guerra, intentando subirme al satélite desde el que pueda observar lo que ocurre a una altura que me permita tener una visión global de las cosas, pero todo me hace sospechar que los GPS no funcionan, que el sistema se ha apagado y que no sabré nada de lo que pasa, encandilado por una propaganda que se empeña en colocarse por encima de los hechos. Intento comprender la posición de los protagonistas, pero solo veo la división entre buenos y malos que me ofrece la simplicidad de la información desde el lado en que me encuentro.

Quiero ponerme en la piel del otro, pero no puedo hacerlo porque hay un velo de pensamientos correctos que no me lo permite. En esas estoy, prisionero de la confusión, entregándome al escándalo de los espectadores manipulables, sin saber para dónde tirar. Entre las ruindades de Putin y las bondades de Zelenski contemplo cómo el mundo se destruye otra vez en una guerra. Una guerra es una efervescencia al límite de los conflictos de las sociedades humanas, cuando no los puede contener el diálogo y la prudencia desaparece para ser sustituida por la violencia. Lo malo que tiene es que nos gastamos un pastón preparándonos para cuando llegue. A veces lo hacemos creyendo que eso nos va a disuadir de llevarla a cabo, pero siempre que las posibilidades estén ahí, las cosas acabarán ocurriendo. En fin, que por más que me elevo y me abstraigo de las circunstancias más compruebo que una niebla artificial me impide ver con claridad lo que está pasando, como si estuviera en una manifestación multitudinaria y la policía arrojara botes de humo que me irritan los ojos.

Ahora que lo pienso, esto no es de ahora y llego a la conclusión de que no he empezado a estar ciego por culpa de una guerra. Esta situación hace tiempo que me acompaña porque pretende llenarme de confusión con el fin de controlarme y dominarme para que mi libertad de formar un juicio se reduzca a los escasos testimonios de los que dispongo, que son los que pone a mi disposición el interés de quien me gobierna desde las sombras. La sensación es como si alguien me hubiera proporcionado un palo y una lata vacía y me pide que con eso componga una sinfonía. En el mundo en donde vivo sé que eso no es posible, a pesar de comprobar que con el ruido del parche de una pandereta se puede llegar a conquistar la gloria. Menos mal que he aprendido a no desesperarme por vivir en un mundo de tantas carencias.

Me consuela saber que no todos están dispuestos a tragarse el mensaje del dirigismo. La calle no está dispuesta a seguir como ratones detrás del flautista. Hay una gran masa que no se fía, y eso es bueno. Quiere decir que todavía existe la esperanza de salvarnos. Iván Redondo, por ejemplo, dice hoy en su habitual artículo de los lunes en La Vanguardia, que ya nadie puede confiar en las encuestas porque hay un 40% que no dice la verdad cuando contesta, y lo asegura un experto que las ha utilizado cómo herramienta principal en su vida profesional que consiste en encarrilarnos la vida a los demás sin que nos demos cuenta.

Esta es mi desazón, de la que me sobrepongo inmediatamente escribiendo este artículo. Eso lo único que me queda para poder seguir sintiéndome independiente.

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