tribuna

Una taza de té en un hotel de Londres

El exespía ruso Serguéi Skripal, un agente doble, y su hija fueron hallados semiinconscientes en un banco de un parque público británico, en marzo de hace cuatro años

El exespía ruso Serguéi Skripal, un agente doble, y su hija fueron hallados semiinconscientes en un banco de un parque público británico, en marzo de hace cuatro años, y sobrevivieron de milagro, como Alexéi Navalni, a un envenenamiento mortal de necesidad que señala al hombre que el 24 de febrero invadió Ucrania. Putin ha decidido proyectar sobre todo un país el modus operandi del pomo de la puerta.

En aquella ocasión, dos espías rusos rociaron la manilla de la puerta de la casa del topo Skripal en Salisbury con novichok, un agente nervioso. La entonces primera ministra británica Theresa May dijo en los Comunes que la implicación de Putin era “muy probable” y parecía decidida a vengarse.

De todos es conocida la historia de Navalni, el único opositor a Putin que lo desafía dentro del país (entre rejas, no obstante), pues el ajedrecista Kaspárov tuvo que refugiarse en Nueva York, a la vista de los asesinatos de Vito Corleone, como llama al presidente ruso en un libro explosivo. Fue en 2020, de regreso de un viaje a Siberia, cuando el tenaz político y abogado Navalni se sintió indispuesto y rompió a gritar adolorido, entre arcadas, en pleno vuelo a Moscú después de tomar una infusión en el aeropuerto. Angela Merkel imploró a Putin que autorizara su traslado a un hospital de Berlín. El diagnóstico reveló la misma huella del pomo de la puerta: novichok. En la taza de la que bebió 14 años antes Aleksandr Litvinenko, otro espía ruso enemistado con Putin, el veneno fue infalible y no vivió para contarlo, tras empeorar durante semanas entre vómitos, postrado en la cama del hospital con sondas y una alopecia que en su última imagen borraba la poblada melena de un joven de 43 años. Su caso da título a este artículo.

Hay dos iconos que ahora encarnan a personajes genuinamente shakespearianos en el macbeth de esta guerra y de esta era bipolar de janos y bifrontes, mártires y monstruos en clara contraposición. Putin, el mal, está en boca de todo el mundo; es el malo malo por excelencia, el coco, el cabezal con cuernos y rabo al que persiguen en Carnavales. Y Zelenski representa el bien, es el héroe que anhela el mundo, le darán el Nobel de la Paz, pues sus bombas son de mentira frente a los misiles rusos que no distinguen entre hospitales y cuarteles o centrales nucleares ni perdonan a los que hacen cola en un supermercado o huyen a gachas por las carreteras. Zelenski no es el Guido de Benigni en La vida es bella, porque siendo cómico no disfraza el horror de la guerra con bromas ni siquiera de humor negro. En sus vídeos desde el móvil satelital que le regaló Biden para burlar al espionaje ruso narra las gamberradas atroces de Putin, y con una camiseta ajustada de color caqui invoca la paz con cara de sueño frente al invasor que aúlla en el Kremlin como un lobo nuclear. Boris Johnson dice gráficamente que nunca antes como ahora había visto tan clara la diferencia entre el bien y el mal.

Putin es el rinoceronte gris, en la acepción de Michele Wucker, el peligro que todos veían venir, pero negligentemente nadie abortó. No es un cisne negro, una amenaza inesperada que sorprendió a todos en Ucrania. “Le estoy mirando a los ojos y creo que usted no tiene alma”, le espetó Biden a escasos centímetros en 2011 cuando el ruso era primer ministro. George W. Bush había hecho una primera exploración diez años atrás con resultado engañoso: “Miré al hombre a los ojos… y me hice cierta idea de su alma”. Putin había dejado suficiente rastro mucho antes de poner al mundo al borde de una guerra nuclear. Suya es la marca de los envenenamientos más célebres de este siglo que acabaron con espías, periodistas, empresarios y un sinnúmero de adversarios , tantos como para egrosar un memorial en metal fundido.

En la bacteriología criminal que nos ocupa hay venenos de distinta nomenclatura, armas químicas y biológicas como el gas no revelado que acabó durante el secuestro del teatro Dubrovka de Moscú (2002) con los terroristas chechenos y más de un centenar de rehenes, sin distinción. A Putin le persiguen las escenas de esta guerra, como la mujer ucraniana tapada con una sábana tendida en mitad de la calle, de la que asoma su mano con sangre junto a una maleta, que murió acribillada con sus dos hijos en plena fuga del país. Al dictador ruso también se le recuerda por el derribo de un avión malasio con casi 300 personas en la región rebelde de Donetsk (2014).

Entre los cadáveres, prima facie, del armario de Putin, antes de las bombas execrables contra el hospital infantil de Mariúpol, sobresale la periodista Anna Politóvskaya, asesinada en el ascensor de su casa en 2006 (un pie se interpuso en la puerta y la mano disparó cuatro balazos, dos en la cabeza), tras documentar las atrocidades del ejército ruso en la república de Chechenia. Poseía información privilegiada sobre una cadena de atentados en Moscú, en 1999, cuando Putin era un desconocido director del Servicio Federal de Seguridad (la nueva KGB) y necesitaba un golpe de efecto reprimiendo a terroristas, auténticos o inventados, para ganar rápida popularidad y suceder a Yeltsin, en retirada. De ahí nace la aureola de líder temido tras las paredes del Kremlin como un zar vitalicio e implacable más stalinista que hitleriano a juicio del historiador británico Laurence Rees. La indómita periodista conocía los pecados bautismales de Putin a través de una fuente tan segura como Litvinenko, un exespía al servicio del aparato secreto del presidente que había recibido órdenes de atentar contra Borís Berezovski, célebre a finales del siglo pasado como un matemático sospechosamente multimillonario al abrigo del poder, epítome de los primeros oligarcas rusos que se hicieron de oro (finalmente, murió ahorcado en el baño de su mansión londinense). Una mujer con agallas y con información, era un testigo de cargo contra Putin, hasta que un pie y una mano la interceptaron en el ascensor. El asesino a sueldo que la mató nunca fue detenido.

Litvinenko investigó el caso y averiguó de dónde y de quién partió la orden. Quizá esa fue su sentencia de muerte, al mes de la de Politóvskaya. Murió en noviembre de 2006 tres semanas después de beber una taza de té en un hotel de Londres, mezclado con polonio-210. Uno de los agentes que llevó a cabo la operación fue condecorado por Putin con la medalla de “servicios a la patria”. Ucrania esperaba al fondo de un largo río de sangre, como un cuerpo-país al que bombardear en un mal trago letal.

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