tribuna

Vargas Llosa y Piketty

Leer los periódicos tiene de bueno poder conocer las distintas versiones que existen sobre un problema, aunque, a veces, en las diferencias entre ellas se puedan adivinar dónde se encuentran los auténticos orígenes de lo que se debate. Se trata de posicionamientos ideológicos que delatan el pensamiento sectorizado de quienes lo emiten. Hoy toca hablar de Ucrania y nada mejor que acercarse a la opinión de dos personajes representativos del progresismo y del liberalismo moderado que publican sendos escritos en El País. Se trata del premio Nobel Mario Vargas Llosa y del economista que estuvo de moda hace algunos años, Thomas Piketty. A Vargas le exijo la exactitud en la expresión literaria, a Piketty cierta objetividad en la solución de los asuntos económicos trasladados al terreno de la geopolítica. Dice el escritor peruano, después de afirmar que el mundo le ha dado la espalda a Putin, que China mantiene una actitud prudente que sin duda tiene que ver con las manifestaciones hostiles que se escuchan en todo el mundo civilizado. ¿Quiere decir con esto que el resto del mundo, Rusia y quienes la apoyan no lo son? Evidentemente la postura de Putin no es civilizada, en la apreciación más estricta y ética del término, pero a mí, qué quieren que les diga, me resulta inapropiado dividir al mundo en que vivimos según su grado de civilización utilizando el baremo de determinarse por ciertas formas de gobierno. Ni siquiera las democracias poseen el monopolio de esa madurez. Parece que seguimos en la división de los bloques en un ambiente globalizado que parecía haberla superado. Por otra parte, Thomas Piketty analiza el sistema de sanciones que los países occidentales, a los que Vargas Llosa llama civilizados, han impuesto a Rusia para presionarla a abandonar su ofensiva, a la que no llama guerra ni invasión sino operación especial. Su propuesta defiende las políticas igualitarias sugiriendo un procedimiento que alcance exclusivamente a las clases sociales y empresas que tengan un presupuesto superior a los 10 millones de dólares, cuestión que en Rusia afectaría a 20.000 personas, según sus cálculos. Es difícil entender esto sin que su efecto incluya también al resto de los ciudadanos, pero, en fin, la izquierda siempre intenta resolver los problemas de la misma manera. Parece que todos se quedarían contentos viendo cómo el daño que a ellos se les produce va apareado también de unas cosquillas en el cuerpo del enemigo social de toda la vida: el capital. Sarna con gusto no pica. En fin, estamos ante soluciones que dividen al orbe a partir de recetas ideologizadas típicas en cada uno de los bloques. Por una parte, las democracias occidentales intentando imponer su modelo como el único basado en valores exclusivamente admisibles, y, por otro lado, las soluciones drásticas de la izquierda con el ideal de la lucha de clases en el horizonte. De ahí no nos podemos bajar, y yo creo que no es ni una cosa ni la otra. Lo que estamos viendo es la lucha heroica de un pueblo por defender su independencia, intentando quitarse de encima a un déspota que pretende demostrar su hegemonía en un mundo que se le va de las manos. Solo le queda una cosa y es su capacidad de amenaza con un armamento que estaba guardado para ser utilizado como objeto de disuasión. A esto juega. Los rusos no depondrán a su dirigente enloquecido por más que Vargas Llosa lo coloque en el lugar de los incivilizados ni Piketty les ofrezca la venganza económica centrada en arañar el poder de los oligarcas. Ninguna de las dos cuestiones afronta el problema en su realidad, lo único que hacen es acrecentar esa dicotomía que tenemos que soportar en el mundo en que vivimos, esa que trata de imponer un modelo sobre el otro sin aceptar que, en lo esencial, todos somos iguales. Todos hemos tenido nuestro Vietnam, nuestro Irak y nuestro Afganistán, así que el monopolio de lo civilizado no puede situarse en ninguna de las partes. Con las religiones ocurre igual. De la misma forma, a pesar de que la buena política apueste por un futuro igualitario, este se alcanzará por medio de la adaptación de mejoras paulatinas para evitar las concentraciones de capital, pero no se puede aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para tomarlas como la panacea que todo lo resuelve, incluso el drama que sufren millones de ciudadanos por los sueños megalómanos de un disparatado.

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