tribuna

África, el granero energético de Europa

La terrible guerra que el presidente de Rusia, Vladimir Putin, inició a finales del pasado mes de febrero ha tenido consecuencias en multitud de campos. No solo lo vemos, sino que lo sufrimos: al llenar nuestros depósitos de combustible, en nuestras facturas de la electricidad, al adquirir un billete de avión o en los supermercados, bien sea con productos que valen más caros (y que incluso parecen más pequeños) o con la escasez de algunos otros.

Al constituir un golpe que perciben los bolsillos y el día a día de cualquier ciudadano del mundo, es lógico que en términos de geopolítica estemos experimentando una época de total revolución, en la que están pasando muchas cosas y en la que los países buscan caminos y soluciones para un problema que, por mucho que pudiera haber indicios de que iba a llegar, pocos tenían previsto.

Es en el campo energético donde más movimientos se han percibido a lo largo y ancho del planeta. La geopolítica de la energía, un tema que hasta hace cuatro días preocupaba prácticamente solo a expertos y analistas, es fruto hoy de informaciones, análisis y ocupa las portadas de los periódicos. Se sitúa en el centro del tablero, y en él, África se posiciona como el lugar al que mira todo el mundo, un espacio que puede convertirse no solo en el salvavidas energético de Europa, sino en una oportunidad para revalorizar el papel geoestratégico que tiene nuestro país.

Sabrán ya que la Unión Europea tiene previsto reducir las importaciones de gas ruso en dos tercios para finales de 2022 y que se ha fijado a medio plazo la meta de eliminar totalmente las importaciones de petróleo y gas para 2030. No podemos, ha dicho Josep Borrell en reiteradas ocasiones, financiarle la guerra y la masacre a la que está sometiendo al pueblo ucraniano el señor Putin. Eso es mucho gas, muchísimo. Rusia es propietaria del 45% de las importaciones de gas de la Unión Europea. Algunos países europeos son casi dependientes al 100% del gas ruso. En esos países, no olvidemos, hace mucho frío durante la mayor parte del año: no se ubican al sur, como España, y por lo tanto, no tienen nuestra capacidad de confiar buena parte de su suministro a las energías renovables.

Es inviable cortar por lo sano y buscarlo en otro lado, porque eso no se hace de la noche al día. Por lo pronto, hemos empezado negociando con Estados Unidos, que aportará una buena parte del gas que necesitamos en esta tesitura. Abro paréntesis, al hilo de la cuestión del gas norteamericano, para señalar que es gas obtenido a través del fracking, una técnica que personalmente considero abominable, consistente en inyectar agua a presión para romper las estructuras geológicas existentes, causando así un daño enorme al territorio. Por lo que, en mi opinión, nuestra dependencia de este tipo de recurso, debería limitarse todo lo posible.

En éstas, el mapa geopolítico europeo se ha inclinado haciendo que todo empiece a rodar cuesta abajo hacia el sur, mirando hacia África, y ahí España y su potencial regasificador son claves. Nuestro país, recordemos, tiene siete centrales regasificadoras, un elemento imprescindible para que el gas que sube de los gaseoductos africanos o que llega en barcos se convierta en el gas que va por las tuberías y alimenta empresas y hogares de toda la Unión Europea. El punto que falta en nuestro país para protagonizar y rentabilizar plenamente esta historia es la interconexión con Francia, el llamado MIDCAT, para que, desde las tuberías que conectan nuestro país con Marruecos y Argelia, se suministre gas hacia todo el continente europeo.

Ahora toca correr para reactivar la implantación de esa tubería de gran capacidad que se paralizó en su día y que España y Francia se den prisa en acometer esta tarea. Si no, habrá que hacer lo que ya han pactado España e Italia, un país con mucha menor capacidad regasificadora: nuestros vecinos italianos tendrán en Barcelona su base suministradora y nos apañaremos a base de ir dando viajes con buques de medio tamaño para surtir a los italianos. Al mismo tiempo, Italia ha avanzado en acuerdos directos con Argelia.

África, como decía, es el nuevo maná, el próximo granero energético de Europa. No solo en el gas, sino en petróleo y en el potencial que ahí tienen también las energías renovables. La situación en Ucrania ha devuelto a la actualidad proyectos que los que se hablaba desde hace años pero que no acababan de prosperar.

Se firmó ya el acuerdo para desarrollar una conexión de gas desde Nigeria, que pasará por Níger hasta llegar a Argelia, para subir después hasta Europa . También de nuevas conexiones y tuberías desde Argelia (hacia Italia, como decía hace un segundo) o de varios proyectos muy ambiciosos para construir grandes parques de energía solar (en el espacio con más horas de sol y calor de todo el planeta) que permitan, a través de cables eléctricos submarinos, conectar a Marruecos con el Reino Unido, por ejemplo. Son proyectos de una dimensión que aún no alcanzamos a comprender: un parque solar de 1.500 km2 en Marruecos, que ya se está planificando, será capaz de proporcionar electricidad a través de un cable submarino de alta tensión hasta el Reino Unido y llegaría a cubrir en 2030 el 8% de la demanda eléctrica de todo el país.

De hecho, África se constituirá como el gran paradigma de la conversión de los sistemas energéticos hacia lo renovable. Cada vez es más barato y eficiente implantar sistemas energéticos sostenibles, algo que le hemos oído en muchas ocasiones y desarrolla brillantemente en un libro editado por Casa África (África en Transformación, Ed. Catarata) el Representante Especial de la Unión Africana para las relaciones con la Unión Europea, el economista Carlos Lopes.

Eso no quita, no obstante, que el continente africano, que dispone de enormes reservas de gas y petróleo, muchas de ellas aún sin explotar, renuncie a hacerlo, porque todo este progreso debe beneficiar a los ciudadanos del continente. No podemos contemplar la riqueza del potencial energético africano desde el punto de vista únicamente de explotación de los recursos, es decir, con la antigua visión colonial.

Me explico: que los países africanos se aseguren la compra de energía por parte de Europa debería contribuir a que al mismo tiempo ellos mejoren en hacer frente a uno de los principales retos que afrontan para su desarrollo, que es el de incrementar su capacidad de generación eléctrica. En estos momentos, aún hay 600 millones de africanos que viven sin electricidad en sus hogares.

Este dato, además, se complica si uno es consciente de cómo está siendo el crecimiento demográfico africano. Recordemos solo esto: hoy, uno de cada seis ciudadanos del mundo es africano, y en solo 20 años, la población de África se doblará (de los actuales 1.300 millones a 2.500 millones), con lo que uno de cada cuatro habitantes del planeta será africano. En 2100, aunque eso ya quede muy lejos, será uno de cada tres.

El enorme crecimiento de esta población será urbano. Laurent Bossard, responsable del Club del Sahel de la OCDE, decía hace unas semanas en Casa África que en el Sahel, en países como Mali o Níger, “cada año estamos viviendo la creación de dos o tres ciudades nuevas de más de 10.000 habitantes”. Eso implica también un gran crecimiento en demanda energética.

Entendamos, pues, que el beneficio principal de que África se convierta, como leemos estos días, en el granero energético de Europa es algo que, en primer lugar, debe beneficiar al desarrollo africano. Resultaría indecente que ese continente donde la mitad de las personas no tiene acceso a electricidad fiable y barata se convirtiera en un proveedor preferente para nosotros sin que esos ciudadanos africanos se beneficiaran de esta nueva situación. La mejora del acceso africano a la electricidad y su desarrollo, por muchos motivos, nos beneficia también a nosotros.

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