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Comisionistas

Yo recuerdo que, antañazo, eso de ser comisionista no estaba tan mal mirado. Te preguntaban en el colegio: “¿Y tú papá a qué se dedica?”. Y uno contestaba: “Mi papá es comisionista”. Y no pasaba nada, igual que si hubieses dicho que era marchante, agente comercial colegiado, carnicero o inspector de Hacienda. Ahora, con los sociatas y la prensa contagiosa, ser comisionista es pecado mortal, como si uno no pudiera ganarse unas perras con la intermediación. Coño, dejen vivir a la gente. El país la ha tomado meona con Luis Medina, Luis Rubiales y Gerard Piqué, por comisionistas, porque se han ganado unas perras, uno vendiendo mascarillas de Malasia, o de por ahí, al Ayuntamiento de Madrid, y los otros dos por cobrarle presuntamente al moro 24 kilos por llevar la Supercopa a Arabia Saudita. Los periodistas robaperas, que no han sido capaces de hacer un buen negocio en su vida, todo lo más recibir un enjuto sobre de los toreros, critican hoy a los comisionistas. José Antonio Rial, paz descanse, autor de La prisión de Fyffes, fue comisionista y mucho más tarde premio Canarias, o sea que Rial, con su honradez, santificó la profesión de Piqué y de Rubiales, a quienes Dios los tenga en su regazo, vivos por el momento. El comisionismo es como un lobby, que en España es sinónimo de truculencia y en Bruselas te encuentras a los lobistas como lobos esteparios caminando por los pasillos del Berlaymont. A España, después de los encapuchados de la Inquisición, le ha repelido siempre lo secreto, desde la masonería a los capuchinos de la procesión magna. Algunos de estos últimos se ajustaban al cogote una cinta amarilla para que la amante esposa no se equivocara en la entrega del bocata, vestidos como iban todos iguales. Pero, bueno, yo creo que se debe despenalizar el comisionismo, por la gracia de Dios. Y condenar a los periodistas a donar un huevo a la Beneficencia.

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