el charco hondo

Cuando el futuro es el pasado

Como acertadamente ha señalado Andrea Rizzi, los políticos que festejan el victorioso fracaso de Emmanuel Macron -un éxito tan suficiente como inquietante, un agrio respiro- lejos de acomodarse deberían interpretar con madurez y humildad el grito del descontento de cada vez más europeos, ese malestar que, como con el Brexit en 2016 y las legislativas italianas en 2018, ha adquirido en las presidenciales francesas la dimensión de una enmienda a la totalidad al sistema, cogiendo músculo, creciendo lenta pero imparablemente, acercándonos a la involución que arrastrará al continente cuando los postulados de la ultraderecha se cuelen, al tercer, cuarto o quinto intento, en palacios presidenciales y gobiernos. La reelección de Macron genera una ficción de estabilidad y contención que los partidos tradicionales prefieren sembrar, haciéndose un lío con el mito de las sombras en la caverna de Platón al ignorar o esconder la evidencia del constante avance de una ultraderecha con discurso de seda y mano de hierro, de verbo más o menos dulcificado para dejar de dar miedo, llegar a más gente, empatizar con los más castigados, captar a quienes han concluido que no tienen nada que perder porque ya lo han perdido, reclutar apoyos en los extremos tanto da si de la izquierda o de la derecha y, como se está demostrando en Francia o España, relajando su perfil para conseguir que cada vez más gente los vote o, en su defecto, deje de tenerles miedo y los integre en el paisaje de lo posible. Francia ha dejado de serlo para amanecer reconvertida en Macronia, según lo ha resumido Enric González, un país gobernando por un gestor malquerido y sin partido, presidente de una república que ha metido a los partidos de siempre en una sala de sus concurridos museos, junto a otros objetos que nos recuerdan lo que fue. La continuidad de Macron dibuja que se ha ganado una batalla, pero la guerra está perdiéndose. Cada vez más millones de europeos respaldan a quienes, disfrazados de corderos para generar confianza y normalidad, se ofrecen como alternativa al desfallecimiento de la política, al descrédito y la desafección de un sistema que a sus ojos merece una enmienda a la totalidad desde la derecha extrema. En vez de brindar con champán, eurodiputados y adyacentes deberían estar reconociendo, y lamentando, la moción de censura que representa el voto y la abstención de los franceses, enmienda a la totalidad que no dejará de recorrer otros países de los alrededores. Cuando el futuro huele a involución es que el futuro deja de serlo y nos sitúa en la antesala de un pasado que amenaza con volver arramblando con valores y derechos que, irrenunciables, incomodan a la ultraderecha.

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